Opinion · Tierra de nadie

El florentinazo de Ana Patricia

Desde que los manguitos y las viseras pasaron de moda, el mundo de la banca ha cambiado una barbaridad. Los plutócratas de entonces eran tipos muy serios y vestían trajes de raya diplomática. Se les llamaba el club de los siete grandes. Una vez al mes se reunían a comer en la sede del Banco Central de Escámez o en la del Banesto de Garnica para tratar de sus cosas y de las de los demás. En torno a aquella mesa se discutían coeficientes, compras, reprivatizaciones como la de Rumasa y hasta se fijaba posición sobre el referéndum de la OTAN, a favor del sí, lógicamente. Todo iba como Dios manda hasta que llegó un outsider con gomina llamado Mario Conde y unos tipos con gabardina que respondían al nombre artístico de los Albertos y empezó el espectáculo de asaltos, fusiones, absorciones, expropiaciones y regalos. En la pista de aquel circo sólo quedaron dos oligopolios haciendo malabares: BBVA y Santander.

El primero es noticia estos días por su espionaje masivo a políticos, empresarios y periodistas con Villarejo dándole al play de la grabadora; el segundo, por el fichaje frustrado del capo de la banca de inversión, un tiburón italiano, Andrea Orcel, dicen que simpatiquísimo cuando no muerde. Los banqueros, aunque sorprenda, también tienes sus propios banqueros y Orcel era el de Emilio Botín, el que planificaba sus operaciones desde Merrill Lynch, el Bank of America o el UBS, y el que a su muerte acudió raudo a presentar sus respetos a la familia en el adiós a su mejor cliente.

En septiembre del pasado año el Santander anunciaba un cambio en su cúpula directiva que incluía su nombramiento como consejero delegado. Orcel era el Messi de los broker. Tantos goles metía por la escuadra que tenía que tirar de carretilla para acarrear los bonus hasta su cuenta corriente. El suyo era un fichaje galáctico, el florentinazo de Ana Patricia. Si al padre le había dado por la Fórmula I y en su última etapa disfrutaba del scalextric a tamaño natural, la hija hacía un guiño al mundo del fútbol, cuya liga por cierto patrocina.

Orcel juega de nueve y huele la sangre en el área, que es donde se venden y se compran las acciones. Después de haber participado activamente en operaciones de mucho señorío como la compra de Abbey, la de ABN Amro o la de Sovereing Bank, estaba encantado con integrarse en la disciplina del Santander para seguir conquistando títulos. Era su sueño desde pequeño.

Con lo que no contaba la presidenta del Santander era con la retribución variable que Orcel había venido acumulando en UBS, más de 50 millones de euros que los suizos pretendían que apoquinara la española. Así que tras varios tiras y flojas, Ana Patricia Botín anunciaba esta semana que no pagaría ‘cláusula de rescisión’, que desistía de su maradoniano fichaje y que seguiría contando con su actual plantilla que tantos éxitos le había proporcionado en la competición doméstica y en los torneos internacionales.

Como no podía ser de otra forma, las relaciones entre ambas entidades se han visto muy deterioradas y ya se aventura que partirán peras. Orcel hubiera podido renunciar a la prima, llegar a Madrid y besar el escudo al ser presentado, pero está visto que no amaba tanto los colores como parecía. Pese a estar muy abatido, lo seguirá dando todo allá donde salga al campo.