Opinion · Tierra de nadie

El rearme y las ‘tu tías’

Los glosadores de la Convención del PP han concluido, en líneas generales, que el rearme ideológico del partido que Pablo Casado pretende encarnar consiste esencialmente en una relectura ‘liberal’ del aznarismo y abrazar, ya sin complejos, la fe verdadera, que es la de Thatcher y Reagan, la que sostiene que la sociedad no existe porque sólo hay individuos y familias y que el Gobierno no es la solución a nada sino el problema de todo. Por ahí hay que interpretar las continuas apelaciones de Casado a la libertad como respuesta a la crisis, el bienestar, la globalización, los conflictos internacionales y las tensiones sociales y territoriales. “Cuando lleguemos al Gobierno, quiero hacer la mayor devolución de espacios de libertad que se haya hecho nunca en España. Eso sí va a ser un ‘empoderamiento’ en toda regla”, dijo en un momento de su discurso.

En presencia de Aznar, que tratándose de un rearme era lógico que no se lo perdiera, Casado vino a contarnos el viejo cuento de la revolución conservadora que rinde culto a lo privado y desdeña lo público y que confía al libre mercado la protección de empresas, trabajadores y consumidores frente al “intervencionismo orwelliano de la izquierda”. La modernidad que se nos promete es la de la Escuela de Chicago, pensamiento que se creía superado después de los desmanes que institucionalizaron la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas, y la desregulación financiera que provocó la crisis que aún seguimos padeciendo.

La senda de este PP verdadero huele a la naftalina tóxica sobre la que alertaba Tony Judt cuando explicaba que la desintegración de la sociedad y su reducción a simples interacciones entre individuos fue, en realidad, el sueño de nazis y bolcheviques. Desmantelar el Estado, o reducirlo a un mero paraguas en el que se delegan “subsidiariamente la defensa, la seguridad y la Justicia”, conduce a Hobbes y a la guerra de todos contra todos. Esa es la novísima filosofía política que destiló del discurso que leyó Casado, escrito a buen seguro por algún retrasado discípulo de Hayek en nómina de FAES.

Nada nuevo, por tanto, y sí mucha caspa neoliberal que deliberadamente olvida que existen bienes, como la igualdad o la justicia, que no son cuantificables económicamente, y que la sociedad es un compendio de intereses que colisionan porque, aunque se nieguen, existen diferencias de clases. Ricos y pobres nunca podrán compartir los mismos objetivos por la sencilla razón de que son contrapuestos, y menos Gobierno no es sinónimo de más sociedad sino justamente de lo contrario.

Con ese equipaje ideológico es con el que pretende ese líder “como un castillo” reconstruir la derecha bajo su manto, sin tutelas ni tu tías, expresión de Fraga recuperada por Aznar para rendir pleitesía a quien ha de servirle de caballo de Troya con el que recuperar la influencia que se le supone a todo conseguidor que se precie. La Convención ha devuelto al redil al estadista pródigo, al que hacía arrumacos a Rivera en esos momentos de tensión sexual no resuelta y definía a Abascal como un chico lleno de cualidades. Su gran éxito ha sido, al parecer, conseguir que Franquito vuelva a exhibir sus dotes de kamikaze. Mientras todos se hacen de Vox, él proclama su inquebrantable adhesión al PP y pide el voto para Casado. Misión cumplida.