Opinion · Tierra de nadie

Patatas con costillas para todos

Viene siendo muy cansino el debate sobre las extralimitaciones del periodismo en sucesos como los de Totalán, aunque en esta ocasión se yerre el tiro y se obvie algo fundamental: sin la presencia masiva de los medios y su cobertura quizás no estuviéramos hablando ahora del torrente de solidaridad que ha rodeado el rescate del cuerpo de Julen y de lo buenos que somos y lo coordinado que actuamos cuando nos lo proponemos. Es sabido que el corazón empieza a sentirse por los ojos.

El problema del periodismo no es el sensacionalismo que, al fin y al cabo, equivale a lustrar esas manzanas que son las noticias como la haría un buen frutero con las de su escaparate. Tampoco debería confundirse la información con el entretenimiento, que es a lo que se dedican esos programas de televisión que han colonizado todos los órganos del cuerpo humano hasta afincarse definitivamente entre el estómago y los intestinos. El periodismo es aquí circunstancial, la salsa que liga el plato, pero sería una injusticia definir al todo por la parte. Esta sinécdoque conceptual lleva a muchas confusiones, hasta el punto de llamar periodistas a lo que, siendo generosos, serían comunicadores y, no siéndolo, simples reponedores de casquería.

En definitiva, y por aclarar las cosas, sostener un micrófono no convierte a quien lo hace en periodista, de la misma manera que ponerse una toga no transforma a quien se disfraza en juez del Tribunal Supremo, aunque en este caso la seguridad no sea absoluta. Ello no impide que existan periodistas en nómina de estos espacios de exaltación cardio-hepática porque de algo hay que comer y parece que el Post tiene cubierta la plantilla y descarta nuevas incorporaciones.

El problema del periodismo, se decía, es otro bien distinto y nada tiene que ver ni con ese amarillismo tan denostado que en su día enseñó a leer a más de una generación ni con el exagerado despliegue ante una noticia de indudable interés humano, de esas que se ponían de ejemplo en los libros de texto de la Facultad, infumables en su inmensa mayoría por otra parte. De los excesos, que nadie niega que se hayan producido en el caso de Julen, el principal tiene más que ver con el intento de apropiación que algún partido político ha hecho del suceso, tratando de presentar los esfuerzos colectivos desplegados en el rescate como la prueba del algodón de que la unidad de España y de los españoles nos hace mejores personas y nos permite afrontar cualquier reto por imposible que parezca.

El gran mal del oficio es la mentira, y no precisamente esa tan sutil que permite a los medios presentar con cambios mínimos la misma noticia de agencia y hacer sentir a los lectores de Público que no están repasando La Razón y viceversa. Ni siquiera deberían constituir mayor preocupación las manipulaciones más burdas perpetradas por ciertos indaviduos, contra las que se inventó el sentido común primero y los tribunales después. De hecho, las llamadas fake news deberían ser acogidas por el gremio con regocijo, como una bendición llovida del cielo, en la medida en que permiten separar la paja del trigo y tendrían que acabar poniendo a cada cual en su sitio siempre que se tenga la paciencia necesaria y no se pretenda combatir su fuego con idéntica gasolina.

La mentira de la que se habla es el autoengaño en el que viven muchos colegas cuando interiorizan como un axioma el cuento chino de que son garantes del derecho a la información de la ciudadanía, ignorando que, mayoritariamente, esa ciudadanía no reclama información sino estimulantes, no quiere la verdad sino su verdad, no admite opiniones si discrepan de la suya, no lee periódicos sino que se alimenta de lo que Facebook le sirve en el plato de su móvil o de su tablet y no se imagina una tertulia sin gritos o sin Marhuenda.

El problema del periodismo no es el intrusismo profesional, ni el mileurismo, ni la tiranía de los anunciantes, ni los espurios intereses de los propietarios, ni siquiera la escasa preparación que demostramos muchos de sus operarios. Su estigma es que se dirige a una entelequia, a una audiencia ficticia a la que se quiere proporcionar exquisiteces que no aprecia y que suele vomitar sin digerir entre grandes arcadas. De ahí que las autocríticas y los deontológicos golpes de pecho que se escuchan ahora por el niño de Totalán sean únicamente el eco de las flagelaciones de una pandilla de onanistas. Olvidémonos de las angulas; estos señores han pedido patatas con costillas.