Opinion · Tierra de nadie

Éramos pocos y volvió Alcaraz

Establecido el principio de que todo es susceptible de empeorar, el corolario del auge de la extrema derecha en Andalucía ha sido la designación de Francisco José Alcaraz como senador de Vox, un hecho que viene a ratificar una de las famosas leyes de Murphy: la probabilidad de que algo se produzca es inversamente proporcional al deseo de que ocurra, y viceversa. Ésta es, por tanto, la consecuencia de haber deseado con muchas ganas que el expresidente de la AVT se hubiera reintegrado con éxito a su oficio de peluquero aunque fuera únicamente como terapia.

Como se recordará, Alcaraz convirtió la principal asociación de víctimas del terrorismo en una sucursal del ala más ultra del PP, que igual promovía una campaña contra los actores del ‘No a la guerra’, que recogía firmas contra el Estatuto de Cataluña o alentaba la teoría de la conspiración del 11-M que atribuía a ETA los atentados. Sus concentraciones contra el Gobierno socialista acabaron convirtiéndose en un problema para los dirigentes populares, que de acarrear manifestantes en autobuses a las marchas pasaron a sentir verdadera incomodidad cuando acudían a ellas, más pendientes de evitar ser fotografiados junto a las banderas del aguilucho o de Falange que de gritar a coro “Zapatero, embustero”, que es a lo que iban.

En su delirio, el de Jaén consiguió lo impensable: que las víctimas del terrorismo, que por fin disfrutaban de reconocimiento social, fueran contempladas con antipatía por amplios sectores de la ciudadanía gracias al sectarismo del personaje. Uno de sus últimos episodios al frente de la Asociación fue tan lamentable que no debería ser olvidado nunca. Alcaraz profetizó en vísperas de las elecciones de 2008 que ETA haría público un comunicado para apoyar la continuidad de Zapatero en la presidencia y lo que hizo fue asesinar al exconcejal socialista Isaías Carrasco.

Preso de sus obsesiones, entre ellas esa supuesta negociación con ETA en la que se habría pactado la anexión de Navarra al País Vasco o la amnistía de los presos, Alcaraz hizo de la AVT un cortijo familiar donde reinaban él y su señora, al frente ésta última del área jurídica y social. Tras ser reprobado y apartado de la presidencia, pidió la baja y resucitó en Jaén una asociación de víctimas llamada Verde Esperanza, compuesta esencialmente por él mismo y su esposa, de la que colgaba otro invento suyo llamado Voces contra el Terrorismo. De allí no ha habido quien le eche. En los últimos tiempos vivía dedicado a poner a caldo a Rajoy por entreguista, y cuando ETA anunció su disolución no dudó en acusarle de haber rendido España a los terroristas.

En consecuencia, era más que previsible que este fallido clon de Mayor Oreja terminará arrimado al ascua de Vox, donde se le ha presentado, lógicamente, como el líder de la rebelión cívica contra la postración de los sucesivos Gobiernos ante ETA. Por su parte, Alcaraz ha explicado que aceptó la propuesta senatorial porque está convencido de que una vez que Santiago Abascal sea presidente detendrá a Josu Ternera, hará pública la negociación con ETA y hasta es posible que encuentre las armas de destrucción masiva que se le perdieron a Aznar en Irak. “Lo primero es mi familia y mi familia es España. Por eso soy de Vox”, ha explicado.

Ser senador tiene para Alcaraz muchas ventajas, entre ellas el salario, y un único inconveniente: compartir el Grupo Mixto con los senadores de Bildu. Su estrategia será ignorarlos, aparentar que no existen y, por supuesto, negarles el saludo. Incontenible, la Reconquista prosigue su avance.