Opinion · Tierra de nadie

Arafat y el independentismo

Al independentismo catalán le viene pasando algo muy parecido a lo que le ocurría en sus negociaciones con Israel al difunto Yasir Arafat, del que se decía que jamás desaprovechaba la oportunidad de desaprovechar una oportunidad. Esto es justamente lo que sucederá este miércoles si ERC y el PDeCAT mantienen su intención de tumbar los Presupuestos Generales del Estado y, como derivada, provocan un adelanto electoral que facilite un cambio de Gobierno.

Desde la moción de censura, que no hubiera salido adelante sin su apoyo, los independentistas han usado la debilidad del Ejecutivo socialista para mantener una ensoñación de la que ahora pueden despertar bruscamente. Aun siendo difícil por la presión de los suyos y por la carga simbólica del proceso judicial a los dirigentes presos, lo sensato hubiera sido buscar en este tiempo alguna puerta de salida a su propio laberinto o, al menos, asomarse a alguna de las ventanas que se les han entreabierto – nuevo Estatut,  reforma federal de la Constitución…-, que han sido contempladas con indiferencia y hasta con desprecio.

Actuar con inteligencia exigía salvar dos grandes obstáculos. El primero, convencer a la parroquia de que la rendición no era tal y que, a veces, para tomar impulso es preciso dar pasos atrás sin que ello deba ser entendido necesariamente como una traición. El segundo, independizarse no ya de España sino de Puigdemont, cuya estrategia personal, con su Consell per la República y su nuevo partido, la Crida, pensado para rendir a sus pies a  PDeCat y engullir a bocados a ERC, es incompatible con una retirada táctica que el mesiánico inquilino de Waterloo no puede permitirse.

Sin puentes para cruzar esos ríos, el independentismo ha preferido vivir la ficción de que sus negociaciones con el Gobierno iban más allá de inversiones y de mesas de partidos con relator, y, posiblemente, ha llegado a creerse que su voto a los Presupuestos era el arma definitiva para colar en la agenda un referéndum de autodeterminación. Y claro, una cosa es que a Pedro Sánchez le guste más la Moncloa que a un tonto un lápiz y otra que se queme a lo bonzo y suicide con él a todo su partido.

El adelanto electoral a abril de las generales que se filtraba este lunes no es un farol como sostenía Torra, cuyo alejamiento de la realidad es tan preocupante que ayer mismo insistía en sus planes de hacer efectiva la declaración unilateral de independencia. Es un manotazo en la mesa con graves repercusiones para el soberanismo, que se expone a que un nuevo Gobierno cercene cualquier esperanza de indulto a los presos en caso de condena y malogre los planes de que el fallo sirva de impulso a las fuerzas independentistas en el caso de una convocatoria de elecciones en Cataluña porque, probablemente, una nueva intervención en aplicación del artículo 155 lo impediría.

Es cierto que Sánchez tendría que renunciar a su objetivo de permanecer en el poder hasta 2020 pero, a cambio, podría presentarse ante el electorado y ante sus críticos con un relato sólido, ahora que el término está tan de moda. Algo así como lo intentamos, dimos una oportunidad al diálogo, pero con el independentismo no hay manera.

Ni que decir tiene que en esa nueva situación el PSOE abriría el abanico de sus aliados en el caso de que los resultados electorales lo permitieran. Es decir, que si diera la suma no dudaría en intentar reeditar su Pacto del Abrazo con Ciudadanos. Pablo Iglesias se refería a ello este mismo lunes para advertir de que un bloque de “gran centro” con el PSOE, C’s y “una tercera fuerza progresista” (en referencia a un hipotético partido de Iñigo Errejón) no tendría los apoyos necesarios.

En resumidas cuentas, ya fuera porque se impusieran las tres derechas o porque Sánchez pudiera retener el Gobierno formando tándem con Rivera, el independentismo perdería su capacidad de influencia y la posición de fuerza de la que dispone actualmente. Está visto que la maldición de Arafat tiene traducción al catalán.