Opinión · Tierra de nadie

A Junqueras le quieren hacer beber cicuta

Con las comparaciones hay que tener mucho cuidado porque las carga el diablo y pueden convertirse en tu ruina artística y profesional en esta España global tan susceptible. Así que vaya por delante que si se menciona a Sócrates y a Oriol Junqueras en la misma frase no quiere esto decir que el dirigente catalán sea un filósofo, ni que alguno de sus discípulos como Rufián sean clavaditos a Platón, ni, por supuesto, que su juicio sea un montaje por haber retado al Estado y haber corrompido a los jóvenes para atraerlos al independentismo.

Llama la atención, en cualquier caso, las críticas a la estrategia de defensa de Junqueras, que para muchos, y por su negativa a contestar a las acusaciones, se convirtió en un mitin en el que se declaró un preso político, proclamó su bondad como individuo, su amor a España, su compromiso con el humanismo cristiano, su pacifismo y su idea de que un referéndum no puede ser delito pero impedirlo a porrazos sí debería serlo.

Junqueras, como ha quedado claro, no es Sócrates ni su proceso guarda ningún parecido, pero si se pudiera hacer el ejercicio de trasladar a los cronistas de hoy a la Atenas del siglo V a. C. (ahora la moda es decir antes de la Era Común) posiblemente la hubieran emprendido con el reo (que no convicted) por burlarse del tribunal al sugerir una multa ridícula por sus pecados, lo que consiguió enfurecer a un jurado muy irascible que descorchó la botella de cicuta para que se la bebiera a morro el que sólo sabía que no sabía nada.

Tampoco debe verse similitud alguna en el hecho de que Sócrates también tuvo la oportunidad de darse a la fuga y no lo hizo, quizás porque entonces no existían ni Bruselas ni Waterloo y de haber existido quedaban demasiado lejos. Como Esparta tampoco es que fuera un destino turístico de categoría, es comprensible que el sabio, que a sus 70 años no estaba para muchos trotes, decidiera dar un buen sorbo al veneno en coherencia con la obediencia a las leyes que siempre había predicado.

Pero a lo que íbamos. Un acusado como Junqueras que se enfrenta a una pena de 25  años de cárcel tiene derecho a defenderse como le salga de las narices, a ser vehemente, a sostener que la autodeterminación es irrenunciable, a presumir que su partido casi nonagenario jamás ha vivido un solo caso de corrupción y a denunciar que sus intentos de negociación con el Estado siempre se toparon con una silla vacía. Como hacía Aristófanes con Sócrates, hay quien se burla de Junqueras por intentar vendernos productos averiados de su “tienda del pensamiento”. Pues bien, que cada cual venda lo que quiera que para eso vivimos en el libre mercado.

A Junqueras no le hacía falta entrar al menudeo de los hechos, que de eso ya se encargó el conseller Forn y lo harán a buen seguro el resto de procesados. El propio presidente del Tribunal tuvo que recordar al abogado Smith & Wesson de Vox la doctrina del caso Murray, según la cual quien calla no otorga y su silencio no puede ser utilizado para sustituir la ausencia de pruebas de cargo. Sería incongruente además que quien se declara preso político recurra al Código Penal para demostrar su inocencia y no a un razonamiento político de su conducta. El catalán ha sido tan coherente como lo fue Sócrates al aceptar la cicuta, y que conste que esto no es una comparación.