Opinion · Tierra de nadie

Elecciones: minuto y resultado

La política se parecía tanto al ilusionismo que, en muchas ocasiones, sus desenlaces eran mágicamente inexplicables. Había ocurrido en anteriores elecciones cuando, tras el recuento, sólo había vencedores y ni un solo derrotado. En las que se avecinan no es previsible que el truco siga funcionando porque estamos muy resabiados y despreciamos los conejos que salen de la chistera si no nos sirven para la paella. Esa vez será imposible que ganen unos sin que otros pierdan. Es lo que tiene haber convertido la cosa pública en un circo romano. Resulta duro decirlo pero queremos sangre y no habrá quien nos impida bajarle el pulgar a unos cuantos gladiadores.

El 26-A se la juegan todos, empezando por los que pedían elecciones a gritos confiando en que nadie les iba a hacer caso. Peligra Pablo Casado, al que miran con ojos golositos las fieras a las que ha venido alimentando con tremenda inconsciencia. El ahijado de Aznar lo fía todo a la carta más alta, la de la presidencia, con una reedición nacional del pacto andaluz de las tres derechas. Lo que no sea tomar posesión de los sofás de la Moncloa y del mando a distancia sería un desastre de dimensiones épicas a tenor de los augurios de unas encuestas que parecen ser unánimes al certificar para el PP una pérdida de entre 40 y 50 escaños.

Casado está obligado a ganar perdiendo si no quiere enfrentarse a quienes en su partido le esperan con el cuchillo entre los dientes por su deriva neoliberal y su hermanamiento con los cruzados de Vox, que son los leones que terminan zampándose al domador y pidiendo luego un mondadientes. Hasta los suyos han empezado a aconsejarle que se olvide de Franco y del aborto para evitar que una parte de su parroquia siga llamando a las puertas de Ciudadanos huyendo del olor a caverna y naftalina. Mientras tanto, en Génova se reza con mucho sentimiento para que Podemos aguante el tipo, ya que se teme que su hundimiento, de producirse, catapulte al PSOE. Que buena parte del futuro de Casado esté en manos de su ‘demonio populista’ es una ironía más del destino.

Pedro Sánchez, que en lo de perder ya tiene varias milis hechas, es, curiosamente, quien mejor llega a la arena. De hecho, es bastante probable que el PSOE sea la fuerza más votada aunque lo de gobernar sea otro cantar y dependerá de que la abstención no haga de las suyas para que las urnas certifiquen lo evidente: que la ley d’Hondt penaliza la fragmentación y que la derecha llega a la cita más dividida que la izquierda.

Eso sí, a Sánchez le basta con ratificar los sondeos para continuar al frente del PSOE sin ninguna oposición interna, ya sea porque antes la habrá laminado en las listas electorales o porque le será de aplicación el mismo argumento que sus baroncitos han venido esgrimiendo para salvar el final de la espalda de Susana Díaz: esto es, que no se puede forzar la dimisión de quien ha ganado aunque no gobierne porque entonces habría que hacer comida para gatos con el resto.

Ante los hipotéticos pactos que pudieran presentarse, Ciudadanos se ha apresurado a poner un candado a su verja con una declaración solemne de que jamás de los jamases Rivera hará manitas con Sánchez o con el PSOE, algo que nadie debería tomar en serio porque no se conoce una veleta que se resista al viento de esa manera.

Aparentemente, lo que pretende ‘monsieur Orange’ es desanimar el voto al PSOE con el mensaje de que su única opción para mantenerse en el poder es repetir con Podemos y el independentismo la mayoría de la moción de censura, en la creencia de que el llamado Gobierno Frankenstein mete miedo al personal. La estrategia tiene tres inconvenientes: el primero, hacer verosímil a cierto electorado el cuento de que España se rompe, que es ya casi tan antiguo como el de Caperucita; el segundo, explicar por qué Ciudadanos extiende un cordón sanitario a los socialistas -exclusivamente en las generales, además-, mientras se echa en brazos de la ultraderecha y se hace fotos con Abascal, el jinete del Apocalipsis y de la Reconquista. Y, finalmente, rectificar si las derechas no suman y ha de cambiar de bando, lo que a buen seguro intentaría con el desparpajo habitual y por el bien de España, naturalmente.

A Rivera le gustaría deshacer la imagen de que Ciudadanos es el perrito faldero del bipartidismo, siempre dispuesto a correr en auxilio del vencedor, pero no puede porque para ello necesitaría dar alguna vez el sorpassoal PP –ahora o nunca- ya que lo de ganar las elecciones siendo tercero o cuarto no se ha inventado todavía. Llegará un momento en el que su propio partido se pregunte si es que ha nacido para bisagra y del cielo le caen las puertas o si lo que falla es el catavientos de su líder.

El liderazgo es, precisamente, lo que se ventilará en Podemos si la debilidad con la que llega a los comicios se traduce en un severo retroceso electoral. Pablo Iglesias debe demostrar que su tesis es la correcta, que esto va de izquierdas y de derechas y no de las transversalidades de Iñigo Errejón quien, para no dar excusas, le ha prometido públicamente su voto, desmintiendo así el infundio de que quisiera montarse un partido blandito para pactar con el PSOE y con Ciudadanos.

Tal es el declive que le profetizan las encuestas que afianzarse y conseguir que el bloque de la moción se mantenga por encima de los 175 diputados sería para Podemos la mayor de sus victorias. Lo contrario acabaría con su posición de socio preferente y, en función de la dimensión del desplome, pondría a prueba la teoría de quienes piensan que la abdicación de Iglesias en Irene Montero está ya planeada si es que el errejonismo no lo impide.

Vencedora clara de la contienda es ya la ultraderecha de Vox, al que ni siquiera le hará falta la financiación iraní porque los demás le vienen haciendo la campaña a plena satisfacción. Blanqueado por el PP y por C’s, Abascal ha conseguido que la derechita acomplejada se libere, queme el sostén en sus discursos sobre la inmigración o la igualdad de género y le extienda una alfombra roja a condición de que deje el caballo en la puerta. Sus chicos son los más aguerridos del circo romano. Los que no dejan de avergonzarnos nos saludan.