Opinion · Tierra de nadie

¿Quién es más populista?

Con lo del populismo hay un carajal tremendo y una ignorancia infinita. Un término que parecía reservado para describir a determinados regímenes caracterizados por la exaltación de un líder que interpreta la supuesta voluntad del pueblo y que, por lo general, crea enemigos externos o internos que obstaculizan su misión histórica, se utiliza hoy con bastante frivolidad o como insulto. Resulta que todo es populista, especialmente si se propone desde la izquierda, aunque la realidad es que la mayoría de los populismos que triunfan en el mundo están en la derecha o en la extrema derecha. Lo que se tilda de medida populista es, simplemente, electoralista, lo que tampoco debería extrañar en las fechas actuales.

Pongamos un ejemplo. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, está empeñado en descalificar la hipotética alianza entre el PSOE y Podemos para formar Gobierno con el argumento de que sus ofertas en economía son populismo y mentiras de las que no puede salir nada bueno porque sólo hablan de gasto y no de cómo crear riqueza. Explica Rivera que se dedicarían a subir impuestos y machacar a las familias, lo que ahuyentaría a empresas e inversores. Tanto C’s como el PP proponen recortes en el IRPF en mayor o menor intensidad, suprimir otros impuestos como el de Sucesiones, Donaciones y el de Patrimonio, y en el caso del partido de Rivera rebajas fiscales de hasta 2.400 euros para familias monoparentales y numerosas. Los populares cifran su rebaja fiscal en 16.000 millones.

Podemos y el PSOE, por su parte, prometen gravar más a las fortunas y a las grandes empresas, singularmente a la banca, impuestos ‘verdes’ y eliminar deducciones y exenciones. Según la lógica de Rivera, bajar impuestos es moderno y progresista y subirlos para que paguen más lo que más tienen es populismo.

Involuntariamente, ha irrumpido en la disputa el Fondo Monetario Internacional, el rey de la ortodoxia, que en su último informe ha aconsejado a las economías avanzadas además de contener el gasto, que es un clásico, incrementar la progresividad de los impuestos sobre la renta y elevar los aplicables a herencias para afrontar la próxima crisis y crecer de manera más equilibrada. El FMI considera que los impuestos más altos a los que más cobran generan “ganancias redistributivas que exceden los costes de eficiencia” y que se deben aprobar impuestos a la riqueza porque el patrimonio tiende a distribuirse de forma menos equitativa que los salarios. La pregunta, por tanto, es ésta: ¿se ha vuelto populista el FMI? O quizás esta otra: ¿se ha hecho chavista Christine Lagarde?

Cómo se decía, sobre la definición de populista hay mucha confusión. Suele aplicarse exclusivamente a la economía y se pasa por alto que el populismo toca todos los palos como los grandes cantaores. Populismo -sirvan otros ejemplos- es competir por ver quién la tiene más larga a la hora de endurecer el Código Penal en un país con bajos índices de criminalidad como éste, proponer el castigo más duro y ejemplar para resolver el problema territorial o, como se ha visto, someter el sistema impositivo a los ocho días de oro de El Corte Inglés. Populismo es agitar la prisión permanente revisable con cada crimen, usar el Código Penal buscando réditos electorales y, sobre todo, convertir a las víctimas en portavoces autorizados de la opinión pública al tiempo que se las exhibe en las listas electorales como atracciones de feria. Populismo es renunciar a hacer política y llamar a la España de los balcones contra el enemigo separatista. Es apelar a las emociones y a los bajos instintos.

También es contribuir a extender la xenofobia inventando una invasión bárbara de inmigrantes, contra los que hay que erigir muros, levantar vallas más altas y más cortantes y privarles de derechos si es que alguno logra dar el salto. “La migración puede ayudar a aliviar las presiones fiscales en las economías envejecidas”, sentenciaba el populista FMI, que además sugería la “rápida integración” de los migrantes como forma de maximizar estos beneficios.

Si es populismo elevar el salario mínimo hasta niveles dignos, establecer subsidios para que los parados de más edad, a los que se ha expulsado del mercado laboral para contribuir a la rebaja salarial del resto, obligar a las multinacionales a cumplir con sus obligaciones fiscales, pedir esfuerzos a la gran banca y combatir la pobreza, que nos vayan apuntando.