Opinión · Tierra de nadie

Ortega Lara y las idioteces

Hace unos meses se montó la mundial y las flamígeras redes sociales ardieron con un tuit de la revista El Jueves en el que se daba por demostrado que la condición de víctima de lo que fuera no eximía a nadie de ser un imbécil. El axioma se refería a Ortega Lara y la presunta imbecilidad  se contenía en unas declaraciones del actual icono de Vox en las que afirmaba que la Guerra Civil seguía siendo para la izquierda un trauma del que no se había recuperado y que impedía su evolución. “Provocaron la guerra, la perdieron y quieren ganarla ochenta años después”, dijo tras calificar la Memoria Histórica de ley de “venganza”.

Nadie puede discutir al ex funcionario de prisiones el calvario de su encierro en un zulo de ETA ni el impacto de verle aparecer 532 días después convertido en un esquelético conde de Montecristo, inequívoca muestra de la barbarie de sus captores. Pero una cosa es que su sufrimiento merezca solidaridad y respeto y otra muy distinta que haya que comulgar con su ideario.

Las víctimas de ETA no se sacrificaron “por España y por el Estado de Derecho”, como en ocasiones ha defendido Ortega Lara, porque ello hubiera implicado que tuvieron la opción de elegir su destino. A los asesinados o secuestrados no se les dio la oportunidad de decidir entre continuar con su vida o ser inmolados o sometidos a cautiverio por una banda de criminales. Conscientemente, no fueron mártires de causa alguna sino instrumentos involuntarios de unos fanáticos. Es verdad que muchos sabían que por el simple hecho de ostentar algún cargo público o significarse políticamente se arriesgaban a ser objetivo de los terroristas, pero ello no significa que aceptaran el sacrificio. No dieron su vida por la democracia sino que les fue arrebatada.

Algunas de estas víctimas directas o indirectas del terrorismo y de otros tipos de violencia han sido convertidos en estandartes de algunos partidos políticos, que han querido aprovechar la empatía que transmiten para obtener réditos electorales o apuntalar algunas de sus propuestas más reaccionarias. Los utilizados en esta estrategia son muy libres –esta vez sí- de asumir el papel que se les otorga y de obtener provecho personal del mismo. El propio Ortega Lara lleva más de 20 años sirviendo a esta tarea, primero en las filas del PP y ahora en las de Vox, y es difícil imaginar que su trayectoria hubiera sido la misma sin tener en cuenta sus circunstancias personales.

Transformado en político, está expuesto a la crítica y a los calificativos. No es una falta de respeto a su figura afirmar, por tanto, que sus postulados son de extrema derecha o que algunas de las cosas que dice son auténticas majaderías. La más reciente ha sido su condena a la eutanasia con el argumento de que si se abre esa puerta nadie puede asegurar “que a los mayores no se les eutanasie (sic) por no ser productivos”.

Esta deliberada confusión entre eutanasia y eugenesia nos devuelve al principio. En efecto, la condición de víctima no exime a nadie de sus defectos porque el reparto de la estulticia siempre fue muy caprichoso. No vacuna contra nada. Se puede ser víctima e imbécil al mismo tiempo, dicho sea con todos los respetos.