Opinion · Tierra de nadie

Descerebrados

Un grupo de investigadores ha conseguido recuperar algunas funciones básicas del cerebro de 32 cerdos cuatro horas después de pasar por el matadero y mantenerlos activos en un fluido especial. Los científicos se han apresurado a matizar que su experimento no ha devuelto la vida a los cerebros porque no se detectó la actividad eléctrica propia de la consciencia pero sí cierto consumo de energía, además de comprobar que los vasos sanguíneos y las células que soportan las neuronas volvían a operar. Aquí, modestamente, ya sabíamos que la muerte no era el final pero no queríamos creerlo.

Según han contado, el experimento abre nuevas posibilidades para reducir el daño cerebral asociado a los ictus o a los traumatismos craneales pero queda aún lejos de lo que sería el avance más espectacular: conseguir que los cerebros vivos e intactos de algunas personas, que se mueven sin problemas y hasta te dan los buenos días en el ascensor, interconecten sus neuronas y experimenten algo parecido a la racionalidad y al pensamiento. Es decir, que el reto no es tanto resucitar a los muertos sino hacer que algunos vivos no se comporten como descerebrados.

A la espera de este avance definitivo contemplamos la campaña electoral con cierta desazón ante la posibilidad de que el fallo neuronal crítico o la mononeuronalidad sea contagiosa. Así, hemos escuchado comparar al aborto con la supuesta decapitación que los neandertales practicaban a sus recién nacidos -una sandez sólo al alcance de un homo sapienscon el cerebro poco desarrollado-, justificaciones de la violación con frases del estilo “el silencio no es un no”, acusaciones a adversarios de sentarse con asesinos, violadores y pederastas, cuando no de preferir las manos manchadas de sangre a las pintadas de blanco, o llamamientos a armar a la población al estilo del Far West, entre otras majaderías. Todo ello sugiere que estamos aún muy lejos de comprender por qué algunos cerebros se colapsan de esta manera o de por qué otros respaldan sus desvaríos de manera entusiasta.

Hay también quien intenta esconder las disfuncionalidades. Vox, por ejemplo, pretende ocultar su déficit de raciocinio limitando a un grupo de whatsapp su relación con los medios. El martes dos de sus responsables de incomunicación volcaban en el grupo una conversación privada sobre la estrategia a seguir por la exclusión del partido del debate en Atresmedia. La consigna era difundir que estaban cabreados como monos porque iban a ganarlo. “Nada de decir que nos viene bien”, advertía uno de ellos, como si fuera necesaria la puntualización.

La expulsión del grupo de los informadores que dieron cuenta del mensaje y del medio que se hizo eco del castigo podría llevar a pensar en algún cortacircuito en el hipotálamo. No es descartable, aunque el episodio conlleva cierta esperanza. El miedo al ridículo de enfrentarse a un debate demuestra que la amígdala cerebral, la encargada de  integrar las emociones con los patrones de respuesta a las mismas, funciona con normalidad. Se ignora cuántos cerdos habrán de sacrificarse para corregir estos trastornos. Lo importante es que no todo está perdido.