Opinion · Tierra de nadie

La caricatura de Hermann Tertsch

Los tiempos han cambiado una barbaridad. No hace tanto que la irrupción de cómicos en política escandalizaba a los biempensantes, que veían en su atrevimiento un deterioro de las instituciones y una broma de mal gusto. Sin embargo, objetivamente es difícil hallar senderos más entrelazados que el humor y la política por lo que tiene mucho sentido pasar de uno a otro, ya sea de manera consciente o por alguna mala señalización de la ruta. Es verdad que, por lo general, han sido los comediantes los que se han atrevido a cambiar de escenario, quizás porque los políticos tienen un repertorio más reducido y todo el mundo conoce ya sus chistes.

Casos como el de Volodímir Zelenski, el actor que acaba de arrasar en las presidenciales ucranianas, no deben causar, por tanto, mucha extrañeza. En las últimas décadas se han repetido fenómenos similares. En Francia, sin ir más, lejos se recuerda al genial Coluche, el rey del café-teatro que se atrevió a presentarse a unas elecciones allá por los años 80 y que luego se retiró de la carrera presidencial y pidió el voto para Mitterrand porque su técnica, según explicó, era mucho mejor que la suya. Su manifiesto, hecho público en Charlie-Hebdo, decía así: “Llamo a los vagos, los sucios, los drogados, los alcohólicos, los maricones, las mujeres, los parásitos, los jóvenes, los viejos, los artistas, las bolleras, los presos, los aprendices, los negros, los peatones, los árabes, los franceses, los melenudos, los locos, los travestis, los ex comunistas, los abstencionistas convencidos, todos los que no cuentan para los políticos, a votarme, a inscribirse en su ayuntamiento y a difundir la noticia. Todos juntos con Coluche para darles por el culo. ¡El único candidato que no tiene motivos para mentir!”.

El fenómeno de Beppe Grillo en Italia es bien conocido y, más aún, el de Berlusconi, que no es que fuera antes un humorista propiamente dicho sino una sátira, categoría en la que se encontrarían Trump y su flequillo. En España, en nuestra modestia, tras la incursión en el surrealismo con Ruiz-Mateos pero, sobre todo, con el Partido del Karma Democrático, una fuerza increíble que reivindica en el País Vasco las tapas, el amor libre y la condonación de la deuda al Tercer Mundo, además de un toldo gigante en Bilbao para evitar el espionaje de Google Earth, podemos presumir de Felisuco, propulsado a la fama tras ganar un concurso de chistes en Antena 3. El santanderino, que antes vendía coches, ahora intenta vender burras, un indudable retroceso en su carrera.

Nos faltaba un salto de calidad para equipararnos al resto de Occidente y hay que agradecer a Vox que se haya atrevido a dar el paso. El fichaje de Hermann Tertsch para su lista a las europeas nos sitúa a la vanguardia. A primera vista, Tertsch no es un humorista propiamente dicho, aunque a veces dé mucha risa sin proponérselo siquiera. De hecho, es un tipo que quiere ser tan serio que estremece.

Salvando las distancias, no faltará quien le busque comparaciones con Hunter S. Thompson, el creador del periodismo gonzo, queriendo ver en el alucinógeno viaje por Las Vegas del primero cierto paralelismo con el currículo del segundo. A Thompson también le dio por la política y se quedó a seis votos de ser elegido sheriff de Pitkin, puesto desde el que se proponía iniciar su revolución psicodélica.

Tertsch, como se decía, tiene una trayectoria bastante estupefaciente. De periodista de prestigio, pasó a actuar en el show que Esperanza Aguirre representaba a diario en Telemadrid hasta instalarse en las redes sociales como el troll de cabecera del zapaterismo, del podemismo y de todo lo que estuviera a la izquierda de Mayor Oreja, por citar un punto de referencia. Vox no ha incorporado a un humorista sino a una caricatura, que tiene mucho más mérito todavía.