Opinión · Tierra de nadie

Silencios

“¿Lo oyen? Es el silencio”. No es porque lo preguntara Albert Rivera en su teatralizado minuto de oro del debate electoral, pero los silencios fueron anoche más reveladores que las palabras. Hubo dos mutismos atronadores: el de Rivera y Casado sobre su aliado de ultraderecha, al que no pueden esconder bajo la alfombra porque cualquiera vería en el bulto la silueta de Abascal montando a Babieca; y el de Pedro Sánchez acerca de un posible pacto con Rivera, que cuanto más se empeña míster Orange en desmentir más contribuye a reforzarlo. Es sabido que las mentiras más elaboradas se pronuncian a la chita callando.

De la desaparición de Vox habría que dar aviso urgente a la Policía. Entiéndase como una metáfora, pero la ultraderecha pone los huevos en la tortilla que PP y C’s pretenden hacernos tras las elecciones, y sin ellos no hay merienda que valga. El neofranquismo que Casado y Rivera intentan ocultar tras el biombo es el aliado imprescindible y deshonroso. Si ahora se tapan la boca para no pronunciar su nombre, luego se taparán la nariz.

Es un gesto que parecen tener muy aprendido. Ayer lo ensayaron a cuenta de la guerra sucia que el Gobierno del PP libró contra adversarios políticos en uno de los mayores escándalos de la democracia. La fabricación de pruebas falsas, el robo de información personal o la destrucción de documentos para proteger a los corruptos no les arrancaron una sola palabra.

Más silencios. La renuencia de Sánchez a negar a Ciudadanos antes de que cante el gallo tiene otra explicación igual de prosaica. La torpeza de Rivera de lanzarse a los brazos de Casado –“usted no es mi adversario”- permitió al PSOE ocupar el llamado espacio de centro,  que es un territorio tan imaginario como los Siete Reinos de Juego de Tronos. Pese a ello, la leyenda dice que desde esas colinas no hay elecciones que se resistan, aunque mantener una pierna allí y otra en la izquierda exige un equilibrio casi imposible. Cuando uno hace de coloso de Rodas, lo probable es que se caiga con todo el equipo.

La estrategia pretende de un lado conservar los votos de la izquierda y de otro atraer a los desencantados de Ciudadanos con el trío de Colón, y de ahí que haya que mantener abierta la posibilidad de girar a la derecha por mucho que se lleve siempre puesto el intermitente de la izquierda. Iglesias, que además de la Constitución ha debido estudiarse el Código de la Circulación, desbarató el plan repitiendo tres veces la misma pregunta y escuchando el silencio como respuesta. ¿Podía Sánchez comprometerse a no pactar con Ciudadanos? En ese momento, no. El mensaje que recibieron los indecisos de izquierdas fue claro: si no quieren que Sánchez y Rivera vuelvan a abrazarse, voten a Podemos.

El último silencio, el de los indultos a los líderes del procés, ni siquiera fue tal. Sánchez dejó claro que no hace falta ser un tahúr, del Misisipi o de cualquier otro río, para guardarse una carta en la manga. Si finalmente gana la partida, habrá indulto si le conviene a él o a la normalización del conflicto en Cataluña.

Poco más dio de sí el debate. Dicen que lo ganó Rivera porque con su sobreactuación eclipsó a Casado, al que no le hace falta un sol muy poderoso para mostrar sus sombras en todo su esplendor. Que Iglesias le comió la tostada a Sánchez pero sólo por los bordes. Y que Sánchez salió a empatar y lo consiguió.  Hoy más y, posiblemente, peor.