Opinión · Tierra de nadie

La puñalada de Garrido

En cuestión de venganzas, cualquier tiempo pasado fue mejor. No se piden tramas shakesperianas en las que los ofendidos pierden la razón y oscurecen sus almas pero se echa en falta algo de grandeza en los desquites o, al menos, que las revanchas se dejen atemperar en el plato el tiempo necesario para que no parezca la reacción instintiva y súbita de un animal herido. La de Ángel Garrido haciendo mutis de la lista europea del PP hubiera podido tener algo de hondura lírica de haberse precipitado al vacío después, pero lo del expresidente madrileño ha sido un salto con red que le ha privado de toda gloria.

Garrido, al parecer, estaba muy agraviado por ese trato de kleenex de usar y tirar que se le había dado después de un año al frente de la Comunidad. Creía que, tras tomar las riendas por el suicidio asistido de Cifuentes, conseguir aprobar los Presupuestos y doblegar a los taxistas en su huelga contra las licencias VTC, merecía reconocimientos y aplausos y no la humillación de que su relevo le fuera comunicado minutos después de difundirse el nombre de la elegida para sustituirle, una de esas personas sin complejos tan de moda en el partido.  Y lo cierto es que al escuchar esta semana a Isabel Díaz Ayuso criticar que la izquierda en Madrid había desnaturalizando la esencia de la ciudad por eliminar los atascos en las madrugadas del fin de semana cualquiera entendería su resentimiento.

El hecho es que Garrido aceptó disciplinadamente ser postergado a cambio de un puesto salida en las elecciones europeas y una recolocación honrosa para su equipo, compromiso este último que la dirección del PP habría incumplido. Fue en estos últimos días cuando habría urdido su incorporación a la candidatura autonómica de Ciudadanos, simulando incluso una gripe para que la espuma que le salía por la boca no delatara sus intenciones.

Lo que le deja en muy mal lugar no es tanto la fuga sino la tocata. Verle argumentar en la sede de Ciudadanos y del brazo de su adversario que su decisión obedecía a “razones de convicción y principios” fue de vergüenza ajena. ¿Desde cuándo el partido de Rivera es “el que mejor representa los valores del centro liberal, la moderación y la concordia entre españoles”? ¿Desde que supo que no encajaba en el perfil del cabeza de lista? ¿Desde este pasado lunes? ¿Se le habría aparecido en sueños el difunto Suárez para confirmarle que su nuevo partido es el verdadero centro geográfico alejado de esos extremismos odiosos que provocan el enfrentamiento entre españoles? ¿En qué momento el naranjismo habría dejado de ser oportunista, incongruente y populista, entre otros calificativos que el propio Garrido les había atribuido?

Como se ha dicho, ha faltado grandeza. La venganza es un placentero elixir y al mismo tiempo un veneno que se toma conscientemente y sin antídoto. No se ejecuta con una nueva nómina en el bolsillo. O sí, pero en ese caso no se justifica moralmente ni se adereza con excusas. Es una tragedia y no un sainete. Eso es lo que diferencia al vengador honorable del tránsfuga.

El desquite de Garrido tiene más de vileza que de vendetta. Si acaso demuestra que no es aconsejable dejar vivos a los ofendidos porque suelen ser muy rencorosos. Para ser de altura, la venganza ha de ajustarse a unos cánones que no se cumplen ni de lejos en la puñalada por la espalda.