Opinion · Tierra de nadie

Vox y las encuestas

Con los errores ajenos se suele ser muy poco indulgente y hasta afeamos a los dioses sus pretendidos gazapos. Nadie parece escapar a esta tendencia salvo las empresas demoscópicas, cuya experiencia en eso de equivocarse es proverbial pero que, ante cada nueva convocatoria electoral, logran presentarse como recién nacidos sin pecados originales. Esta extraña circunstancia les otorga una credibilidad de que la deberían carecer y, hasta en ocasiones -las menos- aciertan la porra, más como casualidad o profecía autocumplida que por ciencia. Si la legislación electoral no fuera una antigualla que impide sondeos en la semana previa a las urnas tendríamos sus desatinos más frescos en la memoria.

El caso es que sus predicciones acerca de los resultados de este domingo coinciden en que será el PSOE el ganador de la contienda y que la suma de las tres derechas podrá sumar o no una mayoría, lo cual es no decir gran cosa. Todas han coincidido en que Vox irrumpirá con fuerza, aunque los sondeos, en su inmensa mayoría, relegan a los neofranquistas por detrás de sus potenciales socios como quinta fuerza política o como cuarta a costa de Unidas Podemos, sobre la que se ha profetizado el naufragio.

Ha sido en estas últimas horas de campaña cuando han surgido voces que alertan de que sus evaluaciones acerca de Vox podrían estar subestimadas y que, en realidad, el ímpetu de las huestes de la Reconquista sería mucho mayor de lo que han previsto los sondeos. Para explicarlo se habla de una bolsa enorme de voto oculto que no se declara por vergüenza y se alude a la experiencia reciente de Finlandia –donde la ultraderecha rozó la victoria-, al caso de Trump o a la más cercana experiencia de Andalucía.

Cualquiera que conozca mínimamente las bambalinas de una campaña sabe de lo difícil y cara que resulta la escenografía. Conseguir que los pabellones rebosen para aplaudir a los líderes sólo está a la alcance de partidos con una gran implantación territorial y con recursos suficientes para acarrear a los militantes en autobuses y suministrarles bocadillos y banderas. El fervor se fabrica y cuesta un ojo de la cara.

No es el caso de Vox. De sus éxitos de convocatoria en Sevilla, Valencia, La Coruña, Valladolid o Toledo, con aforos completos y simpatizantes en la calle, hay que deducir que su potencia electoral es mucho mayor de lo que se vaticina y que no estamos ante la clásica estrategia del miedo con el que algunos partidos tratan de movilizar a los indecisos sino ante un pavor real y palpable a que su nacionalismo cañí y casposo sea determinante en la política española.

Puede que las encuestas no detecten a la ultraderecha pero existen otros sondeos, a pie de barra de bar, que ofrecen una realidad bien distinta y que niegan incluso un supuesto voto oculto que se declara a gritos. La pretendida corriente subterránea está a la vista de todos, ya sea en el rellano de la escalera, en la oficina o en el supermercado. Nadie debería, por tanto, llamarse a engaño.

De confirmarse estos augurios, habrá quien explique la ceguera colectiva como una reacción imprevisible al conflicto territorial, cuya influencia nadie puede negar. No obstante, sería un extravío aún mayor atribuir exclusivamente a la crisis catalana la involución a la que puede estar expuesta la sociedad española en su conjunto. Los verdaderos responsables serán quienes han banalizado a la ultraderecha y han blanqueado su discurso hasta presentarla como una fuerza constitucionalmente homologable con la que se puede pactar sin rubor alguno.

Como se decía aquí antes incluso de que las elecciones andaluzas confirmaran el fenómeno, es esa nueva derecha sin complejos la que ha facilitado el ascenso de los reaccionarios, al sustituir el necesario cordón sanitario que tendría que haber contenido el contagio por una alfombra roja para que Abascal entre al Congreso a caballo, como Pavía. El auge del extremismo tiene sus culpables y a partir del domingo habrá encuestas que lo confirmen.