Opinión · Tierra de nadie

A ver si Iceta nos cambia el cuento

Definitivamente, los cuentos están cambiando una barbaridad y ya están disponibles versiones en las que las princesas no necesitan ser salvadas por príncipes azules, no se mata salvajemente al lobo de Caperucita, el patito feo no sufre acoso, la ratita presumida es lesbiana o la bella le hace un corte de mangas a su bestia maltratadora. El último relato en transformarse, al menos parcialmente, es el del Senado que, al parecer, no es ahora la más inútil de las instituciones, y cuya presidencia ha dejado de ser un caramelo bien pagado desde el que dirigir el cementerio de elefantes para convertirse en un puesto clave y deseado.

Viene esto a cuento, y nunca mejor dicho, de la intención de Pedro Sánchez de hacer presidente de la Cámara Alta a Miquel Iceta, algo que se producirá, a la manera de los carteles taurinos, si el tiempo no lo impide y el independentismo y el naranjismo lo permiten. Hace algunos años esta designación habría sido interpretada como un premio de jubilación bien merecido, pero en la actualidad se considera una maniobra de amplio calado con la que se pretende, de entrada, transmitir un guiño a Cataluña y al diálogo territorial o, incluso, como el presagio de nuevas concesiones al soberanismo. Y a mayores, debería anticipar una revolución en nuestro falsario sistema bicameral.

Iceta, todo hay que decirlo, es un señor que cae bien por múltiples razones, más allá de que sea una alegría cuando baila. Extrañamente a lo que se acostumbra en su oficio, es un tipo valiente al que no le dio miedo ser el primero en salir del armario, tiene la solvencia política que da el haber sido fontanero antes que dirigente, y puede presumir de coherencia tras haber mantenido siempre sus ideas federalistas en los terrenos más pantanosos, hasta lograr atraer hacia sus posiciones a quienes le veían como un submarino de esas fuerzas que querían centrifugar a España como en el último ciclo de una lavadora. Gracias a Iceta el PSC ha resurgido y el PSOE tiene una idea territorial bastante más avanzada que ese café para todos que ha acabado por ponernos de los nervios a la mayoría.

El catalán tiene todas las papeletas para ser un buen presidente del Senado aunque lo que sigue sin estar nada claro es que el Senado sea bueno para algo, por mucho que su protagonismo creciera exponencialmente con la aplicación del artículo 155 y con su absurda capacidad de veto al techo de gasto, ideada por el PP cuando pensaba que siempre tendría mayoría en esa Cámara. El movimiento tendría sentido si, finalmente, hay voluntad de acometer esa reforma del Senado, que siempre se promete y nunca se ejecuta, para que sea un consejo federal –o territorial, para no ofender a los alérgicos al término-  en la que estén representadas las comunidades autónomas.

Todo lo que no sea dar ese paso de una vez por todas equivaldría a prologar el absurdo o la mamandurria –a este paso Esperanza Aguirre cobrará derechos de autor- de la que se han aprovechado durante décadas los dos grandes partidos. Si para algo ha servido el Senado en las últimas décadas es para financiar a socialistas y populares, que podían ofrecer sueldos y regalías a dinosaurios y dirigentes territoriales a coste cero para sus organizaciones, además de recibir las subvenciones correspondientes. De ahí que, pese a ser conscientes de la inutilidad de mantener una cámara de segunda lectura, como si la primera hubiera faltado a clase cuando enseñaban las vocales y las consonantes, jamás llegara a plantearse seriamente su metamorfosis o su clausura.

Está muy bien que se pretendan celebrar debates autonómicos, algo que no sucede desde hace más de diez años, o que se quieran regularizar las conferencias de presidentes para  abordar en primera persona los problemas de las comunidades, pero todo ello será flor de un día si se vuelve a meter la reforma en el cajón en el que acumula polvo desde hace más de 30 años.

Iceta está llamado a cambiar el cuento, a reescribir hasta las comas, a romper el estereotipo. Seguramente porque no se fía de la censura, ha decidido mantener su escaño en el Parlament y la jefatura de su grupo, además del liderazgo del PSC, que no es cuestión de dejarlo todo por un canto de sirenita. Así que, o despierta a la bella durmiente o él mismo acabará roncando en alguna de las sesiones. Para ese viaje sobrarían todas las alforjas.