Opinión · Tierra de nadie

Una fragata contra Popeye

Algunos aguerridos medios de comunicación han empezado a comparar la retirada de las tropas de Irak ordenada por Zapatero con el viraje a estribor de la fragata española que acompañaba al grupo naval de combate de EEUU, al que Trump ha ordenado que ponga rumbo al estrecho de Ormuz para acrecentar la presión sobre Irán. Se critica el nuevo desaire al amigo americano con el que se empaña nuestro prestigio de socio fiable, la afrenta a la propia soldadesca patria, que al parecer no entiende que se le retire de la fiesta ahora que sonaba la música, y se denuncia que la maniobra puede poner en peligro un contrato que Navantia aspiraba a firmar para diseñar 20 buques para la US Navy.

A diferencia de entonces, cuando Rajoy calificó la retirada de precipitada,  insolidaria y muy dañina para la credibilidad del país, su sucesor en el PP, Pablo Casado, no ha dicho esta boca es mía, quizás porque su giro al centro le hace comprender mejor que la Méndez Nuñez también gire, pero hacia Bombay. La única reacción que se conoce ha sido la de Albert Rivera que ha pedido explicaciones y ha dicho que esperaba que la decisión no se haya tomado de forma arbitraria, como si evitar saltarse a la torera el derecho internacional sea una cuestión de capricho.

Sin entrar a valorar qué demonios pinta una fragata española en un convoy semejante porque  a cualquiera se le ocurrirían mejores formas de conmemorar el quinto centenario de la circunnavegación de la Tierra que escoltando al portaviones Abraham Lincoln, no cabe sino aplaudir la decisión del Gobierno de hacer mutis por la mar océana y reforzar así la posición de la Unión Europea de salvar el acuerdo nuclear con Irán y evitar el conflicto que Washington está propiciando con su retirada del pacto y su escalada de sanciones.

Como el pretexto de las armas de destrucción masiva ya está demasiado visto, EEUU quiere ahora justificar sus acciones acusando a Teherán de estar detrás de varios sabotajes a petroleros saudíes y de un ataque con drones contra dos estaciones de bombeo de crudo de Riad, aunque ninguna prueba lo sustente. Estrangulada económicamente por el bloqueo a sus exportaciones de petróleo y a su sector bancario, lo que sí ha hecho Irán es amenazar con recuperar parte de su programa nuclear y marcar un plazo de 60 días para que los otros firmantes del acuerdo –Rusia, China y la UE- contrarresten las sanciones norteamericanas aun a costa de ser penalizados.

Se trata de un conflicto creado artificialmente por el emperador del tupé porque, a tenor de las sucesivas inspecciones, Irán ha venido cumpliendo escrupulosamente su compromiso de paralizar su programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones económicas que pesaban contra el régimen. El acuerdo, forjado tras dos años de negociaciones, fue roto unilateralmente por Trump para satisfacción de Israel y ha puesto en un brete al resto de los firmantes, que se arriesgan a ver paralizadas sus operaciones en Estados Unidos por el mero hecho de mantener relaciones comerciales con Teherán. La actitud estadounidense da pistas a Corea del Norte, que a estas alturas ya ha debido de interiorizar que sólo con un arsenal nuclear operativo sobre la mesa puede abordar cualquier negociación que se le proponga.

Irán no es Irak y parecería impensable que EEUU tuviera entre sus planes desarrollar acciones militares sobre el terreno. Pero justamente por eso nadie sabe muy bien cuáles pueden ser las consecuencias de esta escalada de la tensión que algunos medios de comunicación aplauden con entusiasmo. No es que Trump sea imprevisible, como ha explicado la ministra Celaá y ello aconseje la retirada de la Méndez Núñez; es que estamos ante un loco que igual te monta una guerra comercial con China, que besa a Kim Jong- un antes de escupirle o que busca debutar como comandante en jefe en Venezuela o en el Golfo Pérsico. No es nuestra fragata la que ha cambiado el rumbo sino ese Popeye de medio pelo que nos tiene en un sinvivir.