Opinion · Tierra de nadie

Los centinelas de España

Como somos de natural distraídos y solemos confundir el culo con las témporas, tenemos próceres que sacrifican su tiempo y su reputación en tareas de vigilancia nacional para evitar que nos las metan doblada en un descuido. La tradición dicta, además, que el centinela sea un dirigente de la derecha, quizás porque los genes conservadores son muy parados y desconfían de todo lo que se menea. Durante años este ingrato papel lo ejerció Jaime Mayor Oreja, quien sucesivamente nos alertó de las treguas-trampa de ETA, de la disolución-trampa -también de ETA- y de la anexión de Navarra a Euskadi, que era la concesión de los socialistas al nacionalismo vasco por las treguas y las disoluciones. Gracias a él vimos llegar muchos peligros y si la rendición del Estado que profetizaba no se ha producido aún habrá que achacarlo a circunstancias ajenas por completo a su voluntad.

Es una constante que el PSOE, especialmente cuando está en el Gobierno, siempre intenta hacer concesiones a los enemigos de España que, como ha dicho Ortega Smith, el de Falange Española y de las Vox, siempre han sido los mismos desde Viriato. Frente a esta irrefrenable querencia al entreguismo, han existido en la derecha ojos avizor prestos a hacer sonar el timbre de alarma a todo trapo. Jubilado parcialmente el exministro o, tal vez, en tratamiento desde que hace unos meses descubriera que Cataluña está en el proyecto de ETA, lo que ya era el acabose, el relevo en la atalaya lo ha tomado Albert Rivera que, como buena veleta de campanario, ya estaba acostumbrado a otear el horizonte entre las nubes.

El de Ciudadanos ha dado con la clave que explica por qué los independentistas catalanes han tumbado la designación de Iceta como senador autonómico y han arruinado sus opciones de presidir la Cámara Alta. Para Rivera, se trata de una pelea más falsa que un euro de chocolate. El fingimiento durará hasta las elecciones del 26 de mayo y a partir del día siguiente sabremos “qué han tramado y qué concesiones han pactado”, según advierte nuestro mirón de cabecera.

Así, a lo tonto, Rivera nos previene de que Sánchez ha perfeccionado el método de Zapatero para otorgar mercedes a las termitas de la unidad de España  y, en previsión de que le viéramos la seña de treinta y una cuando le guiñaba el ojo a Rufián, se ha dado mus dos veces de mano y con pares y juego. En definitiva, para que no se notase que ya ha pactado con Junqueras y con Puigdemont cosas separatistas, tal que algún referéndum de autodeterminación o un indulto colectivo, hizo primero que le rechazaran los Presupuestos y le obligaran a convocar elecciones. Tras ganarlas, y para demostrar que la sospecha del pacto era infundada, ha apalabrado que se tumbe la opción senatorial del ‘probe’ Miquel que, como cantaba la gran Esperanza García, está feliz en la montaña y hace mucho tiempo que no sale. De no ser por ‘mister Orange’ habríamos mordido el anzuelo y seguiríamos pensando que socialistas y soberanistas estaban a la greña y no la dolorosa verdad de que son uña y carne.

Somos tan ingenuos que nos conformamos con cualquier explicación, por muy veraz e irrefutable que parezca. Esta vez nos ha salvado el lince del ‘centroerecha’, dicho así a la carrera como hace Aznar, pero no siempre tendremos tanta suerte. Debemos acostumbrarnos a desconfiar, especialmente si Pedro Sánchez o su mayordomo Iván Redondo, que es el Igor de este joven Frankenstein, están detrás o se les espera.

Pongamos por caso la detención este jueves en Francia del último jefe de ETA, Josu Ternera, fugado desde hace 17 años y con una fama de escurridizo que algunos sectores de la derecha jamás se creyeron y atribuían a órdenes del Gobierno de no detenerle o dejar de buscarle, sobre todo a raíz de su participación en las negociaciones de la banda con el Ejecutivo de Zapatero para el fin del terrorismo. A la pregunta de por qué se le detiene ahora se ha contestado desde Vox, que, por lo visto, no sólo vigila por si hay moros en la costa: “Cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pueden trabajar de manera autónoma, sin demasiada interferencia, las cosas salen mejor; cuando hay políticos que se dedican a torpedear su labor, pues trabajan peor”, ha dicho Iván Espinosa de los Monteros, de guardia en la garita. Mientras en el PP, que en su día aventó esa misma especie, se lapidaba al socialista Jesús Eguiguren por reconocer que Ternera fue un “héroe de la retirada”, uno de los artífices del fin del terrorismo en el que apreció una voluntad sincera de acabar con la violencia en las reuniones que con él mantuvo.

Pero no nos desviemos. Obviamente, como nuestros vigilantes nunca yerran en sus avistamientos, habrá que convenir que si antes hubo orden de no capturar a Ternera ha debido existir una contraorden para hacerlo, y que ésta, por fuerza, ha debido de partir del ladino de Pedro Sánchez con algún turbio propósito. A falta de que Rivera o Mayor Oreja lo confirmen, todo parece indicar que se trata de una detención-trampa, cuyo propósito sería fingir otra pelea, esta vez con los independentistas de Bildu, con los que se habrían pactado más cesiones, ya sea la entrega de Navarra o la de La Rioja, que no se sabe muy bien por qué nadie se la pide con el buen vino que hace. Que Otegi se haya puesto como una hidra por el arresto y la haya emprendido contra el PSOE sólo nos indica que está en el ajo y que trata de disimular el enjuague.

La realidad es muy tozuda. Al PSOE le han bastado unos meses en Moncloa para dibujar un mapa de España en el que los puntos suspensivos no son los límites territoriales sino la línea de corte, a la manera de esos pósters de vaca que cuelgan en las carnicerías para distinguir el solomillo de la falda. Podemos, con el que también se ha suscrito otro pacto secreto, afila los cuchillos. La derecha está atenta en sus torres dando avisos a navegantes con la única recompensa del deber cumplido. Cuatro angelitos tiene la patria, cuatro angelitos que nos la guardan.