Opinion · Tierra de nadie

No disparen que nos rendimos

Según parece, los millones de usuarios de Huawei, que a partir de ahora sólo actualizaremos el móvil cuando le cambiemos la funda, somos los daños colaterales de una guerra que libran EEUU y China por el control de una tecnología, la 5G, que está llamada a cambiarnos la vida. Cuentan que esto del 5G,  una banda ancha rapidísima, es lo que permitirá el desarrollo de la inteligencia artificial, la realidad virtual y el llamado Internet de las Cosas, que incluye desde la interconexión de drones y coches autónomos a la descarga instantánea de pelis porno, pasando por cubos de basura listísimos que te avisarán cuando estén llenos, no como ahora que hay que levantar la tapa. Más allá de la broma, el 5G se presenta como la cuarta revolución industrial y quien la encabece liderará el mundo en las próximas décadas.

Se trata de una guerra de dos batallas. La primera tiene que ver con la construcción de las redes y las conexiones, y la segunda con el software y los servicios que pasarán por ellas, y que es donde está la madre del cordero y la pasta. Y ocurre que los chinos, con Huawei a la cabeza, han cobrado ventaja y están poniendo picas por todo el mundo ofreciendo precios de híper por esta tecnología. Para segarle la hierba a sus pies, EEUU ha difundido el mensaje de que si Pekín maneja las redes también dispondrá de la información que pasa por ella y que instalará ‘puertas traseras’ para vigilar comunicaciones militares y corporativas. ¿Que si los chinos espían? Pues casi tanto como los norteamericanos, y de ahí que sepan que van por delante en esta carrera.

Así que para ralentizar a sus competidores, la Administración de Trump se prohibió a sí misma usar equipos chinos en las redes oficiales; luego hizo lo propio con sus multinacionales; más tarde presionó a sus aliados occidentales –Reino Unido y Alemania fundamentalmente, porque a Australia, Nueva Zelanda o Japón no hacía falta convencerles- para que siguieran su ejemplo; y, finalmente, se han lanzado contra Huawei, que es la punta de lanza, y a la que han dado un mandoble descomunal al privarla de los productos de Google y de los Intel o Qualcomm. En España Huawei es el primer proveedor de redes de banda ancha fija y móvil y trabaja con todos los operadores. Creada hace algo más de 30 años por un exingeniero del Ejército chino con un capital inicial de 5.000 dólares, el año pasado ingresó más de 100.000 millones. Según EEUU es un peligro para la seguridad nacional porque está obligada por ley a colaborar con los servicios de inteligencia de su país de origen.

A los que usamos sus móviles porque son más baratos y hacen unas fotos estupendas nos han hecho la pascua pero el veto es una bendición para empresas como Nokia, Ericsson o Samsung, que son las que compiten con Huawei en el mercado de redes de telecomunicaciones aunque a precios muy superiores. Se espera que al cortarles las alas, el resto de sus competidores vuelen con viento de cola.

Como se decía, la tajada del león del 5G no está tanto en el despliegue de las redes sino en lo que pasará por ellas a velocidades hasta 100 veces más rápido que la actual. Por utilizar términos de fontanero, lo de instalar las tuberías está bien pero el negocio del siglo está en el suministro de agua. Algunas estimaciones hablan de que sólo en los primeros años podrían moverse cantidades superiores a los tres billones de euros, que tendrían que regar los balances de gigantes como Amazon o la propia Google. El antecedente más inmediato, el de la implantación del 4G, atrajo hacia Estados Unidos inversiones de casi medio billón de dólares y generó cerca de cinco millones de empleos. La CTIA, el lobby de las telecomunicaciones estadounidenses, maneja cifras similares para el 5G sólo en su primera fase. En resumen, que hay un pastizal en juego.

¿Que qué cabe esperar ahora de China? Pues que contraataque de la misma manera que está haciendo en la guerra comercial que también libra con EEUU. Ayer mismo se especulaba con la imposición de restricciones a sus exportaciones de tierras raras, que son minerales imprescindibles para la fabricación de equipos electrónicos de móviles y sistemas de armamento, de las que EEUU es muy dependiente. Pero no es su única baza. Aun con un alto coste, China podría asfixiar económicamente a EEUU dejando de comprar su deuda pública o, a mayores, vendiéndola en grandes cantidades ya que es su mayor acreedor. Antes de llegar a esos extremos podría privar a las empresas norteamericanas de un mercado de casi 1.400 millones de personas con sólo insinuar un boicot nacional a sus productos.

Lamentablemente, una crisis de estas características no se llevaría por delante a Trump o a Xi Jinping sino a los de siempre. La geopolítica incorpora siempre un doble fondo con bombas de racimo que estallan en la cabeza y en el bolsillo de los que vamos de pie en el vagón de tercera clase de la globalización y del que, aunque queramos, es imposible apearse. En medio del tiroteo sólo nos queda rendirnos a ver si dejan ya de dispararnos.