Opinion · Tierra de nadie

La refundación

Se habla en Podemos de autocrítica por los resultados electorales, y eso está muy bien. Se precisa también que sin sus peleas internas la derecha no gobernaría hoy en Madrid, y es algo que parece de cajón. Se apunta además que en el futuro serían muy deseables candidaturas amplias en las que esté todo el mundo, lo cual es un propósito muy loable. Y, por último, ha concluido Pablo Iglesias, que se han de dejar de lado “proyectos personalistas”, se supone que en referencia a Iñigo Errejón, lo cual es reconocer que le vendría muy bien un espejo de cuerpo entero que no sea el de la madrastra de Blancanieves.

El desastre de Podemos de este domingo tiene una paternidad indiscutible y no se circunscribe a Madrid. Se ha desaparecido en Castilla-La Mancha, lo que ha llevado a la dimisión de José García Molina en un gesto con el que nadie más se ha sentido aludido; lo mismo ha ocurrido en Cantabria, Extremadura y en la ciudad de Valencia; se ha avanzado vertiginosamente hacia la irrelevancia en Castilla y León, Navarra y Murcia; se han perdido todas las joyas de la corona municipal, a excepción de Cádiz, quién lo iba a decir, y buena parte de la bisutería; como consuelo, y pese a la jibarización, se conserva la llave de los gobiernos en Baleares, La Rioja y Asturias, aunque en dos de estos territorios también hay otros con acceso a la cerradura. Pues bien, se culpa de todo ello a Errejón por haber olvidado los intereses de la ciudadanía.

En medio de semejante naufragio se llama a reconstruir Podemos, y se vuelve a errar el tiro porque para reconstruir algo es necesario que hubiera estado construido, y el partido, entretenido en estos años en asaltar los cielos, se olvidó por completo de poner sus cimientos en tierra firme. No hay organización territorial ni nada que se le parezca, y de eso quizás debería ilustrar a sus compañeros Pablo Echenique, secretario de Organización de la ídem o, para ser más exactos, sólo secretario. Lo de ser una engrasada maquinaria de guerra electoral sonaba muy bien cuando se ganaban batallas pero se reduce a un sarcasmo cuando deja de votarte hasta el apuntador.

Así las cosas, lo que parece inevitable es una refundación no tanto de Podemos sino de su espacio, donde el mentado Errejón ha puesto una pica y con el que habrá que contar por mucho que se le considere un cuerpo extraño, la mota que ha enrojecido el ojo que todo lo ve y que, por lo escuchado, sigue bastante ciego. El futuro de lo que será ese espacio ya no está en manos de Podemos y, posiblemente, tampoco el de Podemos pase por Iglesias, cuya fuerza para imponer sus criterios, incluida su propia sucesión, se asemeja bastante a la de Sansón tras pasar por un peluquero del Ejército de Tierra.

En ese futuro habrá que escuchar a muchos, empezando por IU, donde algunos ya piden una asamblea para reformular su relación con Podemos en vista de que la coalición les ha producido flato. Hace varios meses ya se decía aquí que Alberto Garzón presagiaba como irreversible el declive de Podemos y que la inevitable refundación de esa izquierda tendría que hacerse en condiciones bien distintas a las que aceptaron en el llamado ‘pacto de los botellines’ por una simple cuestión de física elemental: cualquier empequeñecimiento de los de Iglesias, les agranda.

Forzosamente, una de las principales voces será la de Errejón que, pese al empeño de  Iglesias, no es el líder de un partido distinto con el que habrá que hablar ni mucho menos un submarino de las cloacas, como le ha reprochado Monedero con una salida de pata de banco, sino un referente entre los inscritos de Podemos que ha demostrado que existe otra fórmula y, sobre todo, otras maneras. O se le llama a esa cena o se montará el banquete por su cuenta.

La construcción de este movimiento es un imperativo ante los millones de electores que se creyeron que sí se podía y que, tal y como llegaron, han decido irse ante el espectáculo cainita y el fulgor del acero toledano.  Hoy existen serias dudas de que se pueda pero al menos habría que intentarlo.