Opinion · Tierra de nadie

La ‘botifler’ Ada Colau

En las facultades de Periodismo solía recordarse en tiempos el seguimiento que los periódicos franceses hicieron del retorno de Napoleón desde su exilio de Elba hasta su entrada triunfal en París. A lo largo del mes de marzo de 1815, Bonaparte fue el “caníbal” que había escapado de la isla, el “ogro” que desembarcaba, el “tirano” que avanzaba y el “usurpador” que esquivaba a sus perseguidores. A medida que se acercaba a la capital, el “monstruo” se convirtió en Bonaparte, y luego en Napoleón. Cuando llegó a las Tuillerías se dio cuenta de que “su Alteza Imperial y Real Majestad” había sido recibido entre aclamaciones de adoración y fidelidad eterna por un pueblo agradecido.

Con la prensa independentista catalana y Ada Colau está ocurriendo el fenómeno inverso. De los halagos iniciales a su propuesta de un tripartito de izquierdas en el Consistorio –encabezado por Ernest Maragall, o así se suponía- se pasó al desdén cuando se supo que Manuel Valls ponía a su disposición los concejales que necesitaba para repetir el cargo con el apoyo del PSC. Los calificativos empezaron a arreciar antes incluso de que Colau anunciara que presentaría su candidatura al pleno del próximo sábado. La de los Comunes ha empezado siendo tildada de codiciosa, de dique de contención del soberanismo y de “alcaldesa española” de la que nunca nadie se debió fiar o, directamente, de “fucking alcadessa”. Si finalmente vuelve a empuñar el bastón de mando gracias a los socialistas y a tres –al menos- concejales de la lista avalada por Ciudadanos, a Colau acabarán llamándola botifler, que es la manera patriótica de mentarle a la madre. Al tiempo.

Algunos empiezan a descubrir ahora lo que es la política, que es algo que no ha inventado Colau, por cierto, y lo que está en juego con la alcaldía de Barcelona. Hay quien quiere ver una operación de Estado, una maquinación del españolismo con el Ibex a los mandos –este señor al que apellidan 35 es el perejil de todas las salsas- para cortar las alas a los soberanistas y enseñarles la lección de que nunca podrán vencer y que deben rendirse y disolverse en grupos impares menores de tres. La realidad es otra, más prosaica, más personal, más doméstica, más de andar por casa.

Para Colau la alcaldía de Barcelona es algo más que un escaparate. Es una necesidad imperiosa para su liderazgo y para su partido, la garantía de que no perecerá ni acabará disolviéndose como un azucarillo en el café humeante que es hoy día Cataluña. Es un seguro de vida desde el que reagruparse, el realismo que hace guardar silencio a sus socios de Podemos, enfrentados a la misma disyuntiva y a parecidas contradicciones, la salida de urgencia al laberinto por el que siempre ha deambulado con una habilidad prodigiosa.

La alcaldesa ha sido la pieza más deseada del tablero. El independentismo siempre quiso atraerla para demostrar que su posición era la mayoritaria y el llamado constitucionalismo se guardó muy mucho de empujarla al otro lado de la raya porque, pese a sus ambigüedades y su asimétrica equidistancia, venía a confirmar de una manera un tanto extraña la españolidad del territorio.

Su funambulismo la había mantenido en una tierra de nadie que era suya en propiedad, hasta que con las elecciones y por 4.000 votos se le acabó el alambre. Obligada a retratarse, Colau ha conseguido estirar algo la cuerda y alegar que su plan es superar los bloques con un tripartito de izquierdas que los vetos cruzados de ERC y del PSC hacen imposible, y de ahí su paso al frente. Es un impecable argumento para la galería que nadie toma en serio salvo las bases de los Comunes, que necesitaban un clavo al que agarrarse aunque estuviera candente.

Nadie mejor que Colau sabe que los votos que le promete Valls no son gratis y que, como le ha advertido Maragall, no sólo serán decisivos para la investidura sino cada semana. Es consciente también de que está a punto de convertirse en la bestia negra de los republicanos, que jamás le perdonarán la afrenta, le negarán el pan, la sal y la pimienta, y no dejarán de martillear el yunque de su supuesta traición por su alianza con los “carceleros” del Estado. La suya es, ante todo, una reacción humana ante la amenaza de la insignificancia, que en política es la muerte más dolorosa.