Opinion · Tierra de nadie

Se juzga a un martillo

Entre los juicios más curiosos de los últimos tiempos ha de mencionarse por méritos propios al que hoy se inicia en la Audiencia de Madrid, que sienta en el banquillo al PP como organización y a tres de sus empleados. Junto a ellos, se juzga a un martillo que se encuentra en paradero desconocido y a una tecla de ordenador, en concreto la de ‘delete’, con la que presuntamente se borraron 35 veces los discos duros de los ordenadores de Luis Bárcenas antes de ser rayados, pulverizados y arrojados al contenedor de basura correspondiente. En los ordenadores del extesorero, famoso por haber puesto de moda las patillas de bandolero de Sierra Morena, se encontraban presuntamente las pruebas sobre la financiación ilegal de los populares de los últimos 20 años. Se entendería así el ensañamiento contra los pobres discos duros.

Al tratarse de la primera vez en la historia que se somete a juicio a un partido político tiene sentido que se haya prohibido emitir en directo la vista, ya que las imágenes del charrán del PP, que no gaviota, sentado entre los acusados con las alas recogidas podría herir la sensibilidad de los espectadores. El juez ha argumentado que lo hace para  evitar exponer a los acusados que no vuelan –un asesor legal, otra extesorera y un informático- a una exposición mediática desmesurada, pero tiene pinta de que, en realidad, el que no quiere exponerse es el propio juez, que sabe lo puntillosos que son los animalistas.

El proceso ha sido tan estrafalario y anómalo que habrá quien piense que alguien no quería que se celebrara. Comenzó cuando el magistrado que investigaba la caja B del PP reclamó al PP los ordenadores de Bárcenas y los chicos de Génova le mandaron un par de carcasas, en abierta demostración que para obstruir a la Justicia no son necesarias las barricadas. Pablo Ruz se lo tomó a mal y derivó al caso a un juzgado de Madrid, que a instancias de la Fiscalía le dio carpetazo. Cuando volvió a reabrirse por la querella de varias acusaciones, entre ellas la de IU, se constató que la causa y sus legajos también se habían borrado sin necesidad de martillo, por lo que tuvo que ser reconstruida como un Lego. Posteriormente, el PP recusó a la jueza por considerar que simpatizaba con el enemigo socialista, lo que demoró la instrucción durante meses. Y entre tanto, Bárcenas, que había vuelto a ser fuerte, se retiró del procedimiento.

Se llega así al juicio sin que el de las patillas acuse y sin que tampoco lo haga la Fiscalía, porque considera que no es posible saber si en los discos duros el tesorero había pasado a limpio las supuestas entregas de dinero que había anotado a bolígrafo en sus cuadernos o si lo que archivaba eran recetas de cocina y enlaces a páginas guarras. Ello permitirá al abogado de los populares pedir que no se celebre la vista en aplicación de la famosa doctrina Botín, aquella por la que los acusados pueden irse de rositas si no formulan acusación ni el Ministerio Público ni la víctima del delito, es decir el de Sierra Morena. Sólo se celebrará la vista si se entiende que el presunto delito informático del PP y el de encubrimiento que se atribuye a sus empleados afecta a bienes colectivos, y aunque parece que financiarse legal e ilegalmente al mismo tiempo sí que lo hace, nada puede aventurarse a estas alturas.

La clave del proceso está, por supuesto, en el martinete, que es al mismo tiempo un ave como el charrán y un mazo de destrucción informática. Si se hallara ese martillo y se le hiciera cantar de plano la verdad resplandecería, pero el muy truhan quizás se encuentre a estas alturas en la caja de herramientas de algún operario de OHL, esa constructora que, según Bárcenas, donaba dinero al PP como si no hubiera un mañana. No busquen responsabilidades en Rajoy o en Cospedal ni en los subordinados que dieron matarile a las memorias de los ordenadores. El culpable de este embrollo es un hierro con mango que no se para en barras ni en discos duros y que, lamentablemente, se ha dado a la fuga.