Opinion · Tierra de nadie

Lo de Florentino sí que es un seísmo

Saltándose a lo loco su dieta de procés, los diputados del Parlament que integran la comisión que investiga el fiasco del proyecto Castor se dieron ayer todo un homenaje: asistir en riguroso directo a la actuación estelar de Florentino Pérez, presidente de ACS en los ratos libres en los que no intenta fichar a Mbappé. Al constructor le ocurre con su empresa lo que a los dueños de mascotas con sus animales: guarda con ella un parecido razonable que se manifiesta en su rostro, más duro que el hormigón armado. De este hecho científico incuestionable fueron testigos sus señorías a lo largo de la intervención.

Lo del Castor es una historia bien conocida. Se plantea un depósito de gas en Amposta y, como no podía ser de otra forma, el galáctico del ladrillo se adjudica el proyecto tras constituir una empresa (Escal UGS) de la que posee dos tercios de su capital. Por esas cosas que ocurren, los 400 millones del presupuesto inicial se triplican, mientras se obvian los avisos sobre el riesgo sísmico de la planta, del que habían advertido años antes dos estudios de la Universitat de Barcelona y de la Ramon Llull en los que se certificaba que la falla de Amposta seguía activa. La inyección de gas al depósito consigue que las costas de Castellón y Tarragona se conviertan en una coctelera por efecto de centenares de terremotos, hasta que se decide paralizar el proyecto e indemnizar por decreto con 1.350 millones al caradura, que se había asegurado en el contrato que, aun en el caso de dolo o negligencia grave de la empresa, pagaríamos la fiesta a escote.

Hay que imaginar la desazón de este hombre cuando el Constitucional anuló el decreto del Gobierno años después de haber recibido el cheque de Enagás y de que la deuda, ya titulizada, se hubiera adjudicado a la banca a 30 años y su pago se repercutiera en el recibo del gas de los contribuyentes. Acogido a Santa Rita, a ver quién le quitaba lo bailado, debió de pensar el caballero. Que había perdido dinero, llegó a lamentarse sin que nadie pillara el chiste.

Pues bien, el del rostro de hormigón dijo a los diputados que se sentía consternado por lo ocurrido,  “una cosa muy desgraciada” en su opinión, de la que se había enterado por la Prensa porque él, que vigila personalmente la lista de invitados al palco del Bernabéu y que no deja que se mueva un papel en ACS sin su conocimiento, ignoraba todo acerca de este proyecto.

Con las mismas negó haber hablado con los sucesivos ministros de Industria que tuvieron responsabilidades en el Castor, lo que supone un cambio radical en quien mareaba a llamadas de móvil a los concejales de Urbanismo del país para adjudicarse una rotonda en desafío constante a los límites del tráfico de influencias, y que sigue intimidando a los periodistas deportivos que no escriben a su dictado. Tal y como explicó, con el único que sí conversó fue con José Manuel Soria, se supone que para asegurarse de que enviaba el cheque a la dirección correcta.

Lo que se discute aquí no es si el Estado debe asumir el riesgo geológico en infraestructuras especiales como es la construcción de un depósito de gas en un antiguo yacimiento de petróleo, como Don Floro se empeñó en recordar. De lo que se trata es de dilucidar si la empresa fue diligente en la detección de dicho riesgo o si, como parece, se lo pasó por el forro y por el arco del triunfo al mismo tiempo. La pregunta a la que debió contestar es por qué no se encargó a su debido tiempo el informe que, con el almacén ya clausurado, hizo el Instituto Tecnológico de Massachusetts y en el que confirmó que el proyecto era un peligro público. ¿Cómo que la industria –o sea él- no tenía medios para evaluar las consecuencias?

Al de ACS hay que reconocerle un cuajo colosal. Como lo del Castor se le quedaba pequeño, se explayó recordando sus viejos lazos con Convergència, partido del que no se perdía un mitin en los tiempos en los que hacía de mamporrero de Miquel Roca en el Partido Reformista, un fiasco casi tan grande como el del almacén de gas. Justamente en esos contactos de los que presumía se asienta ese capitalismo de amiguetes que Florentino ha convertido en arte, y que no entiende de ideologías sino de contratos a la sombra de los poderes públicos. Puede que no conociera a Bárcenas, tal y como declaró, y de ello tendría que lamentarse el extesorero del PP porque el constructor hubiera podido darle una clase magistral de cómo manejaba la caja B del reformismo y de cómo guardaba los fajos de billetes en la nevera de su despacho en el partido.

La comparecencia del constructor fue, y nunca mejor dicho, un auténtico terremoto, hasta el punto de que hubo que apagarle el micrófono para que no interrumpiera con sus sobresaltos. Llegó a invitar al palco del Bernabeu, ese sitio aséptico en el que no se habla de negocios ni en las temporadas en las que el Madrid hace el ridículo, a la diputada de la CUP que le cuestionaba. “Han ido diputados de ERC y de Podemos”, le indicó para animarla. Todo un espectáculo el de Florentino. Lo suyo sí que son seísmos y no los del anuncio de Línea Directa.