Opinion · Tierra de nadie

El PP y los pagafantas

Muy a menudo la política es un espejismo, una ilusión óptica con la que percibimos una realidad ficticia. Los espejismos son, en consecuencia, una gran mentira. Uno de los más alucinantes, del que se dice que hacía enloquecer a los marineros más aguerridos, se llama Fata Morgana en honor a la medio hermana malvada de Merlín, y permite ver, a causa de varias refracciones de la luz, a barcos navegando fantasmalmente por los cielos. Viene a ser el espejismo que mejor encaja en los castillos en el aire que muchos partidos erigen, no ya para engañar al resto sino a sí mismos. Cuando el fenómeno desaparece lo hace también el castillo, para gran confusión de estos promotores inmobiliarios de tres al cuarto.

Los pactos están dejando ver muchas de esas imaginarias construcciones que no resisten un soplido. La mayor de ellas es la que se ha montado el PP en torno a su nuevo poder local edificado con los andamios prestados de Ciudadanos y Vox, gracias a los cuales ha conseguido enmascarar una derrota electoral sin paliativos. Los de Casado han sido muy elogiados por su profesionalidad en las negociaciones, lo que les habría permitido poner picas en Flandes y en ese Madrid de los Austrias donde Lucio te estrella los huevos, y, de paso, ningunear a sus aliados por imberbes y pagafantas.

Por las artes de Morgana, invocada por algunos medios afines a la causa, se dibuja una estampa de recuperación del terreno perdido que enmascara una enorme debilidad. Ya se aprecia en sus acuerdos para el ayuntamiento de la capital donde, con un arreglo secreto -y quizás inconfesable-, se ha querido hilvanar un traje a medida para la ultraderecha que ha empezado a reventar por las costuras cuando los neofranquistas han advertido que se les quería dar gato por liebre, juntas de distrito por concejalías, y se han negado a tragarse el arroz y los sapos.

Hay quien piensa que estas tensiones en el bloque que el PP simula liderar son un simple paripé para ocultar el misterio de la Santísima Trinidad, es decir, que el Dios de la derecha es solo uno pero se manifiesta en tres personas distintas. De acuerdo a esta hipóstasis, Casado sería el padre, Abascal el hijo (pródigo) y Rivera la paloma del cucurrucucú. Sin embargo, esta unidad es más estratégica que ontológica y no es descartable aventurar que el trío de Colón puede terminar como el rosario de la aurora a poco que sus integrantes vayan mostrando su verdadera naturaleza y el resto de sus adversarios hagan aflorar sus contradicciones.

Instalados en la desconfianza, el futuro de la terna es bastante incierto. Nadie sabe cuánto podrá durar la relación sadomasoquista que mantienen Ciudadanos y Vox en la que uno de ellos se hará daño más temprano que tarde, o cuánto más podrá sostener Rivera la farsa de que sus pactos son exclusivamente con el PP y no con los cruzados de la Reconquista. Se ignora también hasta qué punto los populares podrán seguir engatusando a los de Abascal, que no han tardado en dejar el caballo en el establo y exigen ya pisar moqueta. Se desconoce, en definitiva, que fórmula puede encontrarse para dar satisfacción a tirios y troyanos sin que alguno de ellos rompa la baraja.

La resistencia de los materiales de esta santa alianza parece proclive a las deformaciones y a las fracturas. Se hará difícil soportar amenazas constantes, insultos y vetos dentro del grupo, así como justificar sin sentir vergüenza ajena algunos disparates. Un día se retira el busto de Abderramán III en un pueblo de Zaragoza porque es moro de la morería y nadie asegura que al siguiente no se pida demoler la Alhambra para hacer adosados con vistas al Albaicín. Cada jornada deparará una sorpresa, ya sea en forma de imputaciones por los casos judiciales que siguen pendientes o de venganzas miserables como descolgar de los edificios públicos de Madrid las pancartas contra la violencia machista por ver si así se ablanda la extrema derecha y acepta el papel de florero.

Vox amenaza con nuevas elecciones en la Comunidad de Madrid si el PP no respeta lo firmado con nocturnidad sobre su presencia en el Ayuntamiento, según parece a espaldas de Ciudadanos. Hay tensiones en Castilla León entre PP y C’s por el reparto de sillones. En Murcia, el trifachito está en el aire por la exigencia de los de Abascal de tener una consejería. Algo parecido ocurre en Canarias, donde los de Rivera se niegan a que un imputado de Coalición Canaria entre en el Ejecutivo. El espejismo del PP campeador, fenecido primero y ganando batallas después, se difumina. Morgana puede engañarnos un rato pero no es capaz de hacer milagros.