Opinion · Tierra de nadie

Rivière se tira de les cheveux

Hace ya un par de años se dijo aquí que, en su búsqueda de un referente al que emular, la veleta de Ciudadanos había apuntado a todos lados como una escopeta de feria. Le gustaban Obama y Trudeau, pero alguien debió de soplarle que fundar su religión con semejantes dioses en el altar habría provocado, por pretencioso, la risa floja a sus adversarios. Con las mismas se volvió hacia Europa y empezó a hacerle ojitos a Mateo Renzi y a Nick Clegg, hasta que la defenestración política de ambos le convenció de que guiarse en el océano de la política española mirando a dos estrellas fugaces le harían perderse entre las olas sin llevarle a puerto alguno.

En esta búsqueda incesante se fijó en Manuel Valls, que representaba el modelo perfecto por eso de que era muy de derechas para la izquierda y muy de izquierdas para la derecha. Ministro del Interior en Francia con Hollande y luego primer ministro, Valls lo tenía todo como icono hasta que se presentó a las primarias de los socialistas franceses y faltaron escobas para recoger sus cenizas. Fue mirando hacia París como Rivera se topó con la victoria de Macron en las presidenciales, tan inesperada como pensaba que debía de ser la suya algún día, y se postró de hinojos. Que le jour de gloire de Macron hubiera arrivé gracias al cordón sanitario establecido contra la extrema derecha de Le Pen es un detalle que conviene recordar.

Desde entonces Rivera quiso ser Rivière y todo lo francés sonaba en sus oídos como música celestial. De ahí que cuando supo que Valls -cuyo acercamiento a Macron no fue todo lo productivo que le hubiera gustado a su enorme ego-, pretendía hacer de ave fénix en Cataluña y optar a la alcaldía de Barcelona quiso apropiarse de la iniciativa, que no era suya sino de Sociedad Civil Catalana, y situarle bajo sus siglas. Lo que consiguió fue justamente lo contrario, esto es que Ciudadanos se pusiera al servicio de Valls y renunciara a su marca. El proyecto de frente constitucionalista que monsieur acariciaba fue un fiasco porque tanto el PSC como el PP se alejaron de su invento. El resto, hasta su apoyo a la lista de Colau para evitar que ERC se hiciera con la alcaldía y el consiguiente divorcio de Ciudadanos y el enfant de deux patries es sobradamente conocido.

El experimento de Valls va a costarle muy caro a Riviére, que a estas horas debe de estar tirándose de les cheveux. De entrada, le ha retratado con un hiperrealismo a lo Antonio López hasta completar un cuadro demoledor: el chico de naranja se ha escondido tras el PP para pactar con una formación “reaccionaria y antieuropea” que le mancha las manos y el alma; ha sacrificado Cataluña por ventajas electorales en el resto de España; practica la estrategia del cuanto peor mejor; y ha dejado “huérfanos” a quienes apoyaron a Inés Arrimadas en diciembre de 2017 cuando C’s se convirtió en la primera fuerza política catalana.

Esto último es lo que verdaderamente preocupa a nuestro increíble hombre cambiante porque representa el aviso de que, entre los planes de Valls, además de permanecer en el Consistorio barcelonés, está el de impulsar o, al menos, apadrinar un nuevo partido catalanista y socioliberal -como se define el En Marche de Macron- que si a alguien puede hacer daño es a Ciudadanos, incapaz de rentabilizar el capital político que atesoró tras las autonómicas del 155 y descabezado por la fuga a Madrid de Inés Arrimadas. Está por ver que Valls se contente con ello o trate de buscar otro paraguas de marca, tal que el del PSOE, pero la jugada es un misil contra el campanario desde el que el gallito de Albert cata los vientos.

Obsesionado con su lucha por liderar la derecha, Rivière tiene desconcertados a sus votantes y a los propios fundadores de Ciudadanos. Pocos entienden su mamporrerismo hacia el PP, el blanqueamiento que, indirectamente, realiza de la ultraderecha de Vox o el olvido de esas promesas de regeneración a cambio de sillones, de las que, por cierto, muchos ya presagiaban que eran tan cosméticas como su ideología: puro maquillaje. Valls ha desnudado a Rivera mucho más que aquel cartel electoral con el que se dio a conocer. Decía entonces que sólo le importaban las personas; hoy sólo le importa él mismo y su onanismo.