Opinion · Tierra de nadie

La verdad sobre Ciudadanos y el Orgullo

La verdad no es matizable ni puede trocearse al gusto del consumidor para que éste elija la parte más digerible. No puede tomarse por la mitad e ignorarse en su conjunto, porque las verdades a medias son mentiras completas. A nadie, por tanto, le deberían doler prendas en reconocer que lo ocurrido con la comitiva de Ciudadanos en la marcha del Orgullo en Madrid fue impresentable. El acoso y la violencia no pueden ignorarse como si de una anécdota irrelevante se tratase. Es injustificable desde cualquier punto de vista. Pero no es la verdad completa.

Forma parte también de la verdad que Ciudadanos practica la provocación para tener presencia mediática y que usa el victimismo para obtener réditos políticos. No es una impresión obtenida de la observación de su conducta sino una realidad a la vista de sus propios informes internos que ayer mismo fueron revelados por varios diarios. Tal es así que los de naranja no han dudado en felicitarse del éxito obtenido en “actos especiales” como los que protagonizó en Rentería y Miraballes (el pueblo de Josu Ternera), de los que presume no tanto por el mensaje lanzado sino por los titulares cosechados y por haber atraído la atención hacia el partido durante varios días seguidos. Tan cierto como que Ciudadanos tiene derecho a dar mítines donde le venga en gana es que los de Rivera planifican sus acciones para buscar las portadas y las aperturas de los telediarios. A buen seguro, en el próximo documento se calificará éxito sin precedentes que de una manifestación de centenares de miles de personas en defensa de sus derechos civiles sólo se recuerde el episodio de Arrimadas y su grupo escoltado por la Policía.

Hay más verdades. Una es que la Marcha del Orgullo no es sólo un espectáculo colorista, por mucho que entre sus participantes predomine el espíritu festivo, sino una manifestación reivindicativa que tiene sus convocantes y su manifiesto, al que parece lógico adherirse para participar. Una cosa es que no esté reservado el derecho de admisión y otra muy distinta que pueda denunciarse discriminación porque los organizadores no permitan a Rivera poner su cara en una carroza.

Puede que Ciudadanos no se sintiera aludido cuando se hacía una referencia a los que se enorgullecen de su machismo y de su homofobia y a los que “les apoyan directa o indirectamente”, pero bastaba una mínima comprensión lectora para verse reflejados en el primer punto del decálogo: “No valerse de los votos de los partidos que defienden una ideología de extrema derecha para gobernar”. Sólo alguien muy cínico es capaz de argumentar que se niega a firmar el manifiesto porque se trata de un documento político. ¿Qué ha de ser entonces? ¿El pregón de unas fiestas patronales?

Como la verdad es poliédrica, es obligado reconocer que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, no estuvo afortunado al afirmar horas antes de la Marcha en referencia a Ciudadanos que sus pactos con quienes tratan de limitar los derechos LGTBI deberían tener consecuencias (políticas, obviamente). Acusarle directamente de provocar los incidentes es un dislate sin pies ni cabeza. La encendida defensa que el PSOE hizo del ministro hasta presentarle como un referente del movimiento sólo cabe calificarse de exageración o de descubrimiento.

La última parte de la verdad tiene mucho que ver con la primera. Las agresiones –se habla de escupitajos y lanzamiento de botellas de plástico- a quienes piensan diferente son del todo censurables, pero forma parte de la libertad de expresión recriminar a los políticos sus acciones. Les va en el cargo y en el sueldo. Puede que entre los que rodearon a Arrimadas y a su séquito hubiera energúmenos, que no fascistas como llegó a tildarles la portavoz. El fascismo es algo muy diferente y Arrimadas lo sabe muy bien porque Ciudadanos pacta con sus herederos o se aprovecha de sus votos con absoluta hipocresía.