Opinion · Tierra de nadie

Jaque a Pablo Iglesias

Nos hemos desayunado esta mañana con el hasta aquí hemos llegado de Pedro Sánchez a Pablo Iglesias, que oficializa, al menos durante unas horas, la ruptura de las conversaciones para su investidura. El presidente en funciones ha explicado en la cadena Ser que la consulta de Podemos a sus bases es una “mascarada” para justificar su voto en contra, en línea con Vox, ya que no recoge la última de sus propuestas, que era dar entrada en el nuevo Gobierno a personas “cualificadas” de Unidas Podemos, una oferta que su interlocutor calificó de idiotez. Que cada palo aguante su vela a partir de ahora, ha venido a decir el del PSOE en plan hidra de múltiples cabezas.

Como lo que estamos viviendo, más que una negociación honesta de dos fuerzas de izquierda para satisfacer las preferencias de los electores, es una partida de mus llena de señas falsas y faroles, es difícil certificar el óbito del pacto, por lo que habrá que esperar un tiempo sin darle sepultura hasta confirmar que sus constantes vitales no alteran en algún momento la monotonía del encefalograma plano.

Hablando en términos de nueva política, el relato que Sánchez quiere trasladar sin mencionarlo expresamente es que el único obstáculo para el Gobierno de coalición -que lo de la cooperación ya quedó superado-, es la pretensión de Iglesias de tener mando en plaza desde una vicepresidencia. O lo que es lo mismo, que su ambición por saltar más allá de su propia sombra es la que puede conducir al país a unas nuevas elecciones porque el llamado a ser investido no contempla – o eso dice- intentarlo de nuevo en septiembre si ahora le cortan el paso.

Como esta versión del acabose era bastante previsible y tiene muchas posibilidades de aceptarse como verdad revelada, no se acierta bien a entender la estrategia de Iglesias en el juego. Asegurada la presencia en el Ejecutivo de dirigentes de Podemos, su líder se habría apuntado el tanto de haber forzado una coalición de la que el PSOE renegaba, y que le había llevado a proponer primero un gobierno en solitario con el apoyo parlamentario de los morados y después esa extraña “cooperación” que sólo daba acceso a miembros de este partido en escalones inferiores de la estructura gubernamental.

Podía justificarse que su empeño en formar parte del Gobierno era la manera con la que asegurar la entrada de los suyos en el Consejo de Ministros, que no sólo era una aspiración legítima sino también racional a la vista de los resultados electorales. Sin embargo, establecer como una línea roja e innegociable su propia presencia en el gabinete transforma en personal lo que debía ser un objetivo político y desacredita su mensaje de que sólo con Podemos en el centro de decisiones se conjuraría el peligro de que los intermitentes a la izquierda de los socialistas se convirtieran en giros a la derecha en determinadas cuestiones. ¿Es imprescindible que Iglesias ocupe un despacho en Moncloa para controlar eficazmente que Sánchez no se desvíe del camino marcado?

En definitiva, lo que podría haberse presentado como un éxito de los de Podemos y como la prueba de que a su líder no le mueve la ambición sino el interés en formar un Gobierno de izquierdas que lleve adelante políticas progresistas está ahora en entredicho. Retomar de nuevo la negociación, si es que aún es posible, sólo podrá hacerse a costa de reconocer la derrota en una batalla que hubiera tenido que ser virtual y que nunca debió haberse librado a campo abierto.