Opinion · Tierra de nadie

No, bonita, no

La vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, tiene al personal muy soliviantado por unas declaraciones suyas en las que afirmaba que el feminismo no es de todos sino de quienes se lo han trabajado, esto es de los progresistas y, especialmente, de la socialdemocracia. Sus palabras se han interpretado como una apropiación indebida del movimiento y no han tardado en surgir voces para ponerla de hoja perejil con calificativos de sectaria y carca mientras se esgrimían argumentos irrefutables de que se puede ser feminista y de derechas, lo cual es una obviedad que no merece glosa.

Calvo nunca fue Demóstenes y en ocasiones como la presente suele pecar de macarra.  Es cierto parte de lo que denunciaba: que a algunos la magnitud del fenómeno les ha hecho caer del caballo y ver la luz, momento en el que han querido arrimar el ascua a sus sardinas con etiquetas como liberal o transversal para autoinvitarse a la fiesta. Como lo es que, sin negar sus aportaciones a la causa, resulta disparatado afirmar que el feminismo en España es una elaboración del pensamiento socialista hasta el punto de formar parte de su genealogía. ¿Que el feminismo nació en España al calor de la lucha antifranquista del movimiento obrero y del vecinal, justo en la trinchera de enfrente de la derecha? Evidente. ¿Que aún nos acordamos de aquel “no nos metamos en esto” cuando a Rajoy se le preguntó por la brecha salarial entre hombres y mujeres? Como si fuera ayer. Dicho esto, la patrimonialización de Calvo ridiculiza su crítica a quienes ahora pretenden obtener réditos del feminismo, casi tanto como esa verborragia suya impropia de una vicepresidenta. “No, bonita, no”, hay otras maneras de cantar las verdades del barquero, dicho sea en sus mismos términos.

Habría que haber buscado con lupa para encontrar al PSOE en las Jornadas para la Liberación de la Mujer de 1975, todavía en la clandestinidad, o en la Coordinadora Estatal de Grupos Feministas creada dos años más tarde, cuando las mujeres exigían la legalización de los anticonceptivos –se importaban diafragmas camuflados como tetillas de biberón- y la amnistía para las encarceladas por adulterio, prostitución o por abortar. De hecho, proscritos los avances de la II República en la interminable noche del franquismo, fue con la UCD en el Gobierno cuando se legalizaron los anticonceptivos, se promulgó la ley del divorcio o se regularizó el matrimonio civil. También con la UCD dejó de ser delito en 1978 el adulterio, que se castigaba con hasta seis años de cárcel a voluntad del marido agraviado.

Ya entonces, el feminismo debatía y se dividía entre quienes defendían la integración en partidos de la órbita marxista, que se agrupaban en torno al Movimiento Democrático de Mujeres, fundado en 1965 por el PCE (no por el PSOE), y quienes abogaban por crear organizaciones específicas de mujeres, como el Colectivo Feminista, que atribuían a las organizaciones políticas rasgos patriarcales que perpetuarían las desigualdades. Las tensiones por el intento de algunos partidos de izquierda por capitalizar el feminismo fueron determinantes en un cisma que fue inevitable.

Lo que sí cabe atribuir al PSOE es la institucionalización del feminismo, con  la creación del Instituto de la Mujer presidido por Carlota Bustelo, y que venía a sustituir a la casposa Subdirección General de la Condición Femenina que en 1977 se había adscrito al Ministerio de Cultura. Los socialistas hicieron entonces algo parecido a lo que ahora reprochan: capitalizar el movimiento e intentar dirigirlo. Para ello crearon la Federación de Mujeres Progresistas, ramificada en las distintas comunidades autónomas, y auspiciaron toda una serie de fundaciones y organizaciones sectoriales que, si bien actuaron de lobbies desde el que impulsar avances en materia de igualdad, también sirvieron para domesticar el fenómeno y hacerlo dependiente de las correspondientes subvenciones.

Nadie va a negar méritos al PSOE ni su compromiso en la conquista de derechos para las mujeres, más o menos intenso en sus distintas épocas en el poder. Con Gobiernos socialistas han visto la luz leyes como la de Igualdad, contra la violencia de género, las dos regulaciones sobre el aborto que hemos conocido, la de dependencia o los permisos de paternidad. Pero ello no le autoriza a apropiarse de la paternidad de un movimiento que se ha constituido muy por encima de ese pensamiento socialista al que aludía la vicepresidenta. De hecho, sería incorrecto hablar de feminismo y no de feminismos, que se extienden por ámbitos bien distintos, desde la diversidad sexual al antimilitarismo, desde el mundo del derecho al sindicalismo, desde las trabajadoras del sexo a las migrantes, desde el medio ambiente o la antiglobalización. El nexo de toda esta amalgama no es la identidad sino la conciencia de la desigualdad. El feminismo tiene demasiados padres y madres para que Carmen Calvo nos venga a enseñar ahora su libro de familia.