Opinion · Tierra de nadie

El caudillo impasible

El incesante goteo de abandonos en Ciudadanos está revelando uno de los rasgos más desconocidos de la personalidad de Albert Rivera: la imperturbabilidad. Este hombre parece darle la misma importancia a que se le muera el padre que a perder el bolígrafo. Nada le afecta ni le conmueve salvo algunas bacterias que le dan retortijones. Su reacción tras conocerse la marcha de Francesc de Carreras, su padrino en política desde los tiempos en los que fue elegido presidente del partido por orden alfabético, ha sido felicitar a la Armada por la festividad del Carmen. “¡Buen viento y buena mar!, ha dicho. Impasible el ademán ante el abandono del barco. ¡Qué tío!

Lo llamativo del caso De Carreras no ha sido tanto que haya metido el carnet de afiliado en la trituradora, algo que podía esperarse a tenor del trompo estratégico del partido, sino el desdén con el que Rivera y su cuadrilla han acogido su marcha. Antes de remitir su baja por correo certificado allá por el mes de febrero, cuando el Consejo de Ciudadanos aprobó su veto al PSOE, el catedrático llamó a Rivera y no se puso al teléfono. Recibida su renuncia, quien le telefoneó fue Villegas, el lugarteniente del jefe. Tras escuchar sus motivos quedó en verle en persona y hasta hoy. Más adelante, según ha contado el propio De Carreras, coincidió con Rivera en un acto donde tampoco surgió el tema. Una vez que el hecho ha trascendido, toda vez que el afectado no quiso hacerlo público antes para evitar interferir en los procesos electorales en marcha, la dirección de Ciudadanos se ha limitado desde el anonimato a manifestar que el adiós no tiene importancia porque ya se veía venir.

Más que una crisis derivada del brusco bandazo ideológico de la formación, que primero se hizo liberal progresista y ahora aspira a sentar a su líder en el trono de Don Pelayo a poco que Casado se despiste y vaya al baño, lo que se está viviendo es una deriva hacia el caudillaje que, si por algo se caracteriza es por las adhesiones inquebrantables y por la fidelidad como salvoconducto para la promoción personal.

Ciudadanos, que según recuerdan sus fundadores, nació como un partido instrumental para hacer frente al nacionalismo y oponerse a la destrucción del pacto de la Transición, se ha ido convirtiendo en una plataforma personal de Rivera, cuya aspiración ahora no es alzarse entre “rojos y azules” como tantas veces ha pregonado, sino convertirse en el referente de la derecha política como única vía para alcanzar el poder. El objetivo político de Ciudadanos ya no es parar al independentismo, bajar los impuestos o erradicar la corrupción y regenerar la vida pública, lemas que se han ido borrando de su frontispicio con más intensidad que algunos jeroglíficos de las tumbas egipcias. El objetivo principal, diríase el único, es que Rivera sea presidente al precio que sea.

De ahí que los abandonos de los críticos, llámense Roldán, Pericay o De Carreras, lejos de ser un inconveniente allanan el camino porque ahorran a Rivera métodos más expeditivos y sangrientos de acabar con la oposición interna, tal que la expulsión, un hacha recogida en los estatutos que el líder blandirá llegado el momento con los que han decidido emboscarse entre los matorrales europeos.

Todas las decisiones que Rivera ha tomado en los últimos tiempos van encaminadas a asegurarse un poder omnímodo en la organización, desde desactivar las opciones de su posible sucesora, Inés Arrimadas, trasladándola a Madrid y convirtiéndola en una de sus marionetas, a silenciar las voces discrepantes, ya sea mostrándoles la puerta de salida, dando al enter como un mono para votar en las primarias o restallando contra sus espaldas el látigo de su indiferencia. En la urgencia aclamatoria del caudillo cabe enmarcar la futura ampliación de la dirección de Ciudadanos, que no servirá para cubrir las bajas sino para amplificar los aplausos con más incondicionales.

Las cargas del proceso están asumidas. Que Manuel Valls ponga pies en pared y te haga un roto en Barcelona o que Macron, tu referente europeo, te llame mentiroso se asumen a beneficio de inventario. No es que Rivera se haya convertido en un adolescente caprichoso –como le reprochaba De Carreras- y haya dado prioridad a los intereses del partido por encima de los de España. Lo que ha pasado es que se ha convencido de que el partido es él y es sabido que el patriotismo, como la caridad, empieza por uno mismo.