Opinion · Tierra de nadie

Los inscritos de Podemos han hablado

Las consultas de Podemos a sus inscritos recuerdan bastante a Titanic, la película: la música de que las bases tienen la última palabra en las grandes decisiones suena estupenda pero todo el mundo se sabe el final de memoria. De hecho, lo más interesante de estos procesos son las preguntas y sus sobreentendidos. Así, cuando se pidió a la militancia que se pronunciara sobre si Pablo Iglesias e Irene Montero debían seguir al frente de la secretaría general de Podemos y de la portavocía parlamentaria, lo que se preguntaba en realidad era si los líderes podían empadronarse en Galapagar con el aval solidario de los afiliados. Lo mismo ha ocurrido en la última de estas exhibiciones de democracia interna. Donde se decía textualmente si era necesario “un acuerdo integral de Gobierno de coalición (programático y equipos), sin vetos” para votar a favor de la investidura de Pedro Sánchez, lo que debía entenderse era si se estaba a favor o en contra de que Pablo Iglesias fuera el vicepresidente del Gobierno. Tienen mucho mérito estas formulaciones y sus implícitos.

Con el destino ya escrito a doble espacio cobra especial importancia la cuantificación del antagonismo, ese porcentaje de personas rarísimas que inquiridos por si quieren o no que les toque la lotería contestan que prefieren que el primer premio les pase de largo. En el referéndum inmobiliario alcanzaron el 31,8% y en el que nos ocupa hay que suponer -porque no se han facilitado datos de abstención- que un 30% se acogieron a sagrado y votaron por la segunda de las opciones, aquella en la que se aceptaba un Gobierno diseñado únicamente por el PSOE en el que Podemos colaborara “en niveles administrativos subordinados” al Ejecutivo. Si en la primera consulta se proclamó aquello de que se había entendido el mensaje, en la segunda ni siquiera ha hecho falta la mención.

Las bases siempre deciden pero nunca son un obstáculo. No se entiende en consecuencia que Pedro Sánchez sacara los pies del tiesto llamando mascarada a este sufragio libre y directo y que diera por rotas las negociaciones. De hecho, en el improbable caso de que se alcanzara un pacto se volvería a pedir la opinión de los inscritos con otra pregunta precisa acompañada de un preámbulo explicativo. Algo parecido a esto: “Tras arduas reuniones, Podemos y el PSOE han llegado a un acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez: 1-Estoy a favor de que el país avance. 2- Prefiero que dé un paso atrás para tomar impulso”. El 30% volvería a hacer de las suyas, aunque con eso siempre hay que contar.

Armada hasta los dientes con sus urnas virtuales, la dirigencia de Podemos ha esgrimido el argumento definitivo: vetar a Iglesias en el Gobierno por mucho que se dé entrada a otros miembros del partido es una afrenta no sólo a los inscritos sino a todos los votantes morados, algo que otra consulta avalaría. Y llevarían razón. ¿A quién le importaría que una eventual repetición de elecciones que diera el triunfo a la derecha impida subir el IRPF a las rentas más altas, el impuesto de Sociedades a las multinacionales, el de Patrimonio a las grandes fortunas o volver a incrementar el salario mínimo? ¿Es comparable acaso el veto a Iglesias con frustrar la revalorización de las pensiones con arreglo al IPC, controlar el precio de los alquileres, combatir la pobreza energética, establecer permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles, dotar de más recursos a la dependencia y aumentar las becas y reducir las tasas universitarias, entre otras cuestiones pendientes del malogrado acuerdo presupuestario? La respuesta es obvia: a ese 30% de inconformistas con el que nunca se puede contar y que no saben distinguir entre un ultraje y las piedras del camino, entre lo necesario y lo contingente.

Ha empezado a decirse que Podemos nunca pierde la oportunidad de perder una oportunidad, y que prefiere hundirse con los acordes de la orquesta del Titanic de fondo antes que dejarse de caprichos infantiles y juegos de tronos y ponerse a trabajar de una vez por todas para hacer realidad lo que piden esos electores que no pueden esperar a que las estrategias de poder les llene el frigorífico para dar de comer a sus hijos. Pero es que los inscritos han hablado y eso son palabras mayores.