Opinion · Tierra de nadie

Los leales

Se asiste en estos días a la remodelación de las cúpulas de varios partidos con el declarado objetivo de rodear al líder de personas “leales”, cuando lo más apropiado habría sido llamarles “palmeros”. Son términos que no deben confundirse. Los primeros manifiestan una fidelidad desinteresada y, precisamente por ello, son honestos en el encomio y sinceros en sus críticas; los segundos son jaleadores profesionales a los que se recompensa con dinero o con poder. La suya, es por tanto, una fidelidad comprada que suele tener fecha de caducidad, y aun así proliferan en todas las organizaciones del país, ya sean políticas o empresariales. Son atletas a la hora de correr en auxilio de quien les paga.

Si algo reflejan estos movimientos es la debilidad de sus patrocinadores, que precisan de soldados que cierren filas ante ellos para protegerse de hipotéticos  ataques, o una descomunal egolatría necesitada de reafirmaciones y loas. Erróneamente, se habla de fidelidad canina para referirse a las actitudes de estos mercenarios, una comparación notoriamente injusta para con los animales.

De este tipo de leales acaba de rodearse Albert Rivera, con una variante del divide y vencerás que consiste en sumar hasta la unanimidad reduciendo de paso el número de los llamados críticos a los que se orilla, se asfixia o se destierra. Algo similar se ha propuesto Pablo Casado con una remodelación de su equipo al año después de ser elegido. Si entonces parecía importante la integración de los discordantes lo que se busca ahora es el fervor de los devotos. La unidad es una obra de albañilería que tapa grietas y bocas con argamasa y, si es posible, mejor con cemento que con yeso.

Esta búsqueda de adhesiones inquebrantables, a menudo acompañada de la laminación de la discrepancia, no es exclusiva de la derecha. Se vio en el PSOE cuando el retorno de Sánchez, al que se creía difunto, propició la salida en tropel de la inmensa mayoría de los que por acción u omisión contribuyeron a darle matarile. Y se ha experimentado también en Podemos, donde la limpia se llevó por delante a los que se creía o se sabía simpatizantes del traidor Errejón, una vez constatado que la marea de voces plurales sólo es soportable cuando se las uniforma dentro de un coro.

La pluralidad es ahora sinónimo de debilidad, como demuestra el paso que ha dado en Andalucía Susana Díaz en la remodelación de su ejecutiva. La exsultana se cortará su mano derecha -esto es que fulminará a Mario Jiménez, que era su portavoz parlamentario y que también lo fue en la gestora que sustituyó a Pedro Sánchez- y algunos dedos de sus pies para dar entrada a  varios ‘sanchistas’ para mostrar pleitesía al secretario general y evitar así que sea su cabeza la que ruede.  Ese suele ser el final de los palmeros.

 

Lo que esconde esta fabricación de consensos artificiales en los partidos es una querencia al caudillismo. No se trata ya de encontrar un líder cuya autoridad moral sea aceptada por la gran mayoría a la hora de elegir el mejor rumbo para la organización, sino de crear una mayoría que jamás discuta ni el rumbo ni, sobre todo, al capitán, cuyo poder, por omnímodo, es incompatible con la democracia más elemental. Una cosa es que hasta una partida de malhechores necesite establecer entre sus miembros lazos de lealtad y otra muy distinta es este servilismo de clá que siempre aplaude a una señal convenida.