Opinion · Tierra de nadie

La que has ‘liao’, pollito

Tan concentrada en sí misma anda nuestra dirigencia que sigue sin prestar atención alguna al escándalo del BBVA, que ya se ha cobrado la imputación de ocho directivos y exdirectivos, la del propio banco como persona jurídica y, muy posiblemente, a tenor del auto judicial, golpeará a toda su cúpula por la relación de la entidad con el excomisario Villarejo y los servicios de espionaje que el príncipe de las cloacas le prestó hasta ayer mismo a cambio de una soldada millonaria. Sorprende este mirar para otro lado porque estos casos de corrupción bancaria empiezan con una piedrecita rodando ladera abajo y terminan como una enorme bola que se lleva todo por delante y cuyos destrozos terminamos pagando todos a escote.

El asunto es sobradamente conocido. Francisco González, el broker al que Aznar colocó en Argentaria y que por esos avatares del destino y de unos fondos en Jersey se hizo con la poltrona del banco, temió perderla allá por el 2004 por el asalto accionarial de la constructora Sacyr. Para desbaratar la operación, la entidad recurrió a Villarejo, que entonces seguía en la nómina de la Policía, y a sus métodos mafiosos para desactivarla, que incluían seguimientos y pinchazos telefónicos a unos ‘objetivos’ un tanto disparatados porque entre ellos –y no es por presumir- se encontraba un servidor junto al rey, expresidentes de Gobierno, ministros, empresarios y otros periodistas. Tan satisfechos debieron de quedar que el excomisario continuó con sus trabajitos durante más de una década hasta que se descubrió el pastel y la entidad tuvo que comprometerse a realizar una investigación interna que iba a culminar en tiempo récord y en la que lleva más de un año.

A juzgar por lo visto hasta el momento, lo que parece haber diseñado el banco es una sucesión de cortafuegos para defender a González, ese cráneo privilegiado de las finanzas que en su sempiterna presidencia ha conseguido que la entidad valga hoy 15.000 millones de euros menos que cuando tomó las riendas y que, no contento con ello, quiso seguir en el machito como presidente de honor y de la fundación del banco. De ambos caramelos tuvo que desprenderse recientemente cuando el lobo asomó claramente las orejas.

Dejado todo atado y bien atado en manos de su sucesor, Carlos Torres, la estrategia parece ser atribuir cualquier responsabilidad a los peones, ya se llamen director de Seguridad, responsable de Control Interno o jefe de Riesgos, que están siendo convenientemente fumigados. El propio González, con más cara que espalda, ha dicho recientemente que se enteró por la Prensa de que había pagado una millonada a Villarejo y que los delitos, si existieran, debían atribuirse a esos subordinados suyos tan autónomos e inconscientes porque el banco, o sea él y su consejo, habían mantenido una actitud intachable “por encima de lo exigible”. En resumidas cuentas, quiere hacer creer que la idea de recurrir a Villarejo para salvar la parte baja de su espalda le es completamente ajena ya que su única preocupación antes de llevarse al bolsillo los 80 millones de euros de jubilación era cómo organizar el mundo y cómo hacer un banco 5.0 que fuera la envidia de sus competidores.

Más allá del judicial, el caso no tendría otro recorrido de no tratarse de una institución que, por su dimensión, incorpora un evidente riesgo sistémico, por lo que cualquier daño reputacional que genere un clima de desconfianza puede afectar a inversores y depositantes. De ahí que las acusaciones de cohecho, revelación de secretos y corrupción en los negocios de los que el propio banco tendrá que responder como persona jurídica puedan impactar como un obús en su cuenta de resultados y disparar las alarmas de un sistema financiero cogido con alfileres cuando se agudice el previsible desfile de consejeros por los juzgados.

Previsiblemente, será en ese momento cuando caigan los cortafuegos porque nadie, ni siquiera los herederos, suele cargar con fardos que no son suyos. De momento, las advertencias del Banco de España y del BCE y su exigencia de transparencia han sido recibidas como quien oye llover al otro lado del ventanal. En último extremo, y de confirmarse la conducta delictiva de quienes manejaban el timón de la nave, no se descarta que el proceso concluya con la intervención de la entidad, toda vez que su disolución, que es otra de las opciones que contempla la ley, ni se plantea.

Como se decía, la gravedad del caso contrasta con la indiferencia de la clase política, especialmente del Gobierno, del que sólo se han escuchado comentarios marginales de las ministras de Economía y de Hacienda. Bien pudiera ocurrir que se esté dando cuerda a la cometa para conseguir en el río revuelto una solución para la privatización de Bankia a través de una fusión con el BBVA con Goirigolzarri como presidente, siempre claro que el actual presidente del banco público, mano derecha de González durante años, no resulte también salpicado. Mientras, la piedrecita que rodaba ladera abajo va engordando paulatinamente. La que has ‘liao’, pollito.