Opinion · Tierra de nadie

De Quinto, el millonario desalmado

Si todo pudiera comprarse con dinero, la rutilante y empavonada estrella de Ciudadanos, Marcos de Quinto, no tendría de qué preocuparse. El problema de este multimillonario es que es un desalmado y lo que le falta no se soluciona tirando de visa o de chequera. La humanidad de la que carece no puede adquirirse en los concesionarios de Porsche ni se incluye como dividendo adicional en las stock-options de Coca-Cola. Es un intangible que no está al alcance de esos pobres hombres que sólo tienen dinero.

Se nos presentó a De Quinto como un triunfador que, cansado de amasar patrimonio, llegaba a la política para cumplir un servicio público, casi para hacernos un favor, y lo que viene demostrando es que se pueden tener veleros, apartamentos en Nueva York, fincas y harleys y seguir siendo un cretino integral con acta de diputado. Su caso hace bueno el dicho de las naranjas, que nacen verdes y el tiempo es el que les da el color, a diferencia de los idiotas a los que no hay manera de hacerles madurar por muchas estaciones que pasen sobre ellos.

Ha tenido el engominado algunas intervenciones públicas sonrojantes, fundamentalmente a través de las redes sociales, aunque ninguna comparable a su última declaración sobre los inmigrantes rescatados por el Open Arms, “bien comidos pasajeros” que han pagado su pasaje para llegar a Europa como quien hace un tour por el Mediterráneo de los de todo incluido. A De Quinto le han llamado miserable y se han quedado cortos porque a veces los calificativos sólo son pálidos reflejos de la realidad y sólo por acumulación logran descripciones más ajustadas.

Se ha dicho también que el fichaje de Ciudadanos practica la incorrección política, confundiendo incorrección con necedad. En algunos perfiles hagiográficos, cuando el personaje aún vendía chispas de la vida, se mencionaba que de niño veía en su casa a dos amigos de sus padres, Buero Vallejo y a Blas de Otero, el poeta que escribía en defensa del reino del hombre y su justicia y que pedía la paz y la palabra, y de los que es evidente que no aprendió absolutamente nada.

Este personaje pasa ahora por ser la mano derecha de Rivera y su cerebro económico y desde su partido se pide que no se valoren sus tuits ni los insultos que dedica a quienes se atreven a tildar de gilipolleces sus gilipolleces. En definitiva, que no se tomen en cuenta sus opiniones personales porque, al parecer, sólo le representan a él y no a una organización de extremo centro tan liberal y tan chiripitifláutica que jamás diría, aunque lo piense, que hay que aplicar la ley de talión a los terroristas ni que los inmigrantes que se juegan la vida en el Mediterráneo son turistas que se van de crucero. Éste es el sujeto y ese es su partido. Ardua España mía.