Opinion · Tierra de nadie

Ojito con Casado

Tienen muchos de nuestros políticos –y no sólo ellos- una tendencia tan acusada al engreimiento que, inevitablemente, les lleva a subestimar al adversario. El proceso suele durar lo que tarda el menospreciado en mojarles la oreja, esa inmersión en la realidad que suelen sufrir los que por creer saberlo todo no son conscientes de sus límites o de su propia estupidez. Ocurrió con Zapatero y con Rajoy y ahora está pasando con Pablo Casado, del que se pensaba que tenía las horas contadas y puede que acabe viendo pasar algunos ataúdes ante su puerta con esa sempiterna sonrisa suya de Gioconda.

En realidad, Casado ha venido mostrando aptitudes que sugieren que de tonto no tiene un pelo, y basta con remitirse a su pasado reciente en el PP, donde su habilidad para encandilar a cada uno de sus jefes directos, ya fuera la reina de la charca de las ranas, el estadista del bigote o el Don Tancredo del registro de la propiedad, acredita que no estamos ante alguien al que se pueda ignorar o empequeñecer. El del PP salió vivo del escándalo de sus masters de saldo y ha salido coleando de sus debacles electorales, hasta el punto de que ya no hay nadie en el PP que le tosa, ni siquiera Feijóo, del que se esperaba al menos algún carraspeo.

Siendo más que discutibles y repugnantes sus métodos, especialmente ese blanqueamiento de la extrema derecha a la que ha abrazado como al hijo pródigo, es de justicia reconocer que su posición de partida era mucho más complicada que la de sus antecesores. Aun así ha aguantado las incursiones de Rivera, que pretendía inmatricular a su nombre el territorio del PP, y ha domesticado a Vox por simple mimetismo. Primero, hizo que su partido fuera indistinguible del de Abascal y ahora hasta se ha dejado barba para que el parecido con Don Pelayo sea más acentuado.

El resultado es que Casado con sus 66 escaños lidera la oposición, que Ciudadanos ha quedado reducido no a una bisagra sino a una simple muleta, que los de la Reconquista no disponen de siete siglos para tomar Granada y más temprano que tarde volverán al redil, y que, pese a las derrotas en las urnas, el perdedor dispone de tanto o más poder territorial que antes. Administrando sus silencios mientras la izquierda se cocía en el jugo de sus peleas, Casado está consiguiendo incluso pasar por moderado dejando que el trabajo sucio corra a cargo de sus perros de presa, a los que ha ido colocando en las garitas de mayor relieve sin ninguna oposición interna.

La última de sus maniobras ha sido la de registrar España Suma, una suerte de confluencia a la navarra de patriotas a la que están llamados Rivera, Abascal y regionalistas de todo pelaje y que puede ser el embrión de una nueva y refundada derecha. Está por ver que la negativa inicial de sus socios a prestarse a la maniobra se mantiene si la ocasión de hacerse con el poder llega en forma de elecciones anticipadas.

Como la izquierda se ande con el bolo colgando, incapaz de ponerse de acuerdo y enfrascada en sus dislates, no es descartable que Claudio salga de entre las cortinas y se ciña la corona de laureles. Hay demasiado listo que confunde la astucia con la inteligencia. Ojito con Casado.