Opinion · Tierra de nadie

El delirio de Cristina

Con el poder, incluso a pequeña escala, hay que tener cuidado porque es muy adictivo y enajena bastante. Un contacto prolongado provoca endiosamiento y una peligrosa separación de los pies del suelo, al punto de que quienes se ven privado de él de manera abrupta se precipitan desde sus nubes con consecuencias fatales. Estas caídas dejan muñecos rotos que ni siquiera entonces comprenden que de los ídolos de barro que fueron ya sólo quedan los añicos. Algo así le está pasando a Cristina Cifuentes, que ayer protagonizó una reaparición pública ante Ana Rosa Quintana y su confesionario para perseguidos por la Justicia.

La expresidenta de Madrid vive en un universo paralelo en el que se nos presenta como víctima de una conspiración por haber sido inflexible contra la corrupción y por haberse atrevido a levantar las mismas alfombras que, en realidad, hubiera querido seguir pisando por tiempo indefinido. Puede que se crea esa versión alucinógena de los hechos o, lo que es más probable, que la mentira haya suplantado a la verdad a nivel neuronal hasta hacerla indistinguible.

Según explicó, su caída del Olimpo fue planificada en un despacho y en ella intervinieron dirigentes de su partido que se la tenían jurada y un empresario, cuyo nombre nunca cita, que quería llevarse dinero de la Comunidad y ella lo impidió. Lo normal en alguien que se define como paladín contra la corrupción hubiera sido correr a denunciar la mordida con nombre y apellidos pero, ya sea porque el juzgado le pillaba a trasmano o porque aún no había llegado con la aspiradora a esa zona de las alfombras, jamás dio el paso. Nada de lo anterior explicaría por qué aceptó un máster regalado o por qué participó en una operación para, presuntamente, falsificar un certificado de unos estudios que jamás cursó. Fue entonces cuando debió dimitir en vez de revolcarse por el fango y arrastrar a ese lodo a la institución que representaba.

Hay casualidades que, simplemente, no son posibles de aceptar. No es creíble, por ejemplo, que tras 26 años en contacto directo con la corrupción de su partido Cifuentes se declare en la inopia más absoluta. Como tampoco parece casual que otro empresario –o quizás el mismo-, Arturo Fernández, done una gran cantidad de dinero a Fundescam, esa caja desde la que se pagaban ilegalmente los gastos del partido y de la que la expresidenta era patrona además de integrante del comité de campaña, y luego se adjudique los contratos de restauración de la Asamblea de Madrid. O hubiera podido serlo si en ese concurso Cifuentes no hubiera presidido al mismo tiempo la comisión de expertos que hizo las valoraciones y repartió arbitrariamente los puntos y la propia mesa de contratación, en una incompatibilidad clamorosa.

¿Que se desató una cacería contra ella porque gente de su partido temía que se convirtiera en la sucesora de Rajoy? Primera noticia no sólo de que algo así estuviera entonces en marcha sino de que Cifuentes tuviera alguna posibilidad real de tomar el relevo. ¿Que fueron las cloacas del Estado las que le dieron la puntilla al difundir las imágenes de las cremas que quiso hurtar seis años antes? Pues seguramente, pero era el PP quien manejaba las dichosas alcantarillas y a esa policía tan patriótica y tan mafiosa. ¿Qué las cremas acabaron en su bolso por equivocación? Oiga, no fastidie. ¿Que desde entonces las ha pasado putas? Ni se imagina cómo es de dura la vida del resto. ¿Que muchos en el PP que le deben su carrera política, tal que Pablo Casado, ni le llaman ni le escriben? Un simple accidente laboral en la cría de cuervos.

Cifuentes tiene un problema aún mayor que sus imputaciones judiciales y es su incapacidad para distinguir la realidad de la ficción y asumir sus propios errores. La historia de la mujer que se atrevió a enfrentarse a los corruptos y a la que cortaron las alas para que no asumiera el cetro de la derecha es un cuento o un delirio. No hay nada peor que pretender inspirar comprensión o lástima y acabar dando risa y vergüenza ajena.