Opinion · Tierra de nadie

Los sembradores de vientos

La política tiene mucho de ficción y ahora que se avecina otra campaña  dentro de la interminable campaña electoral en la que vivimos conviene tenerlo en cuenta para no envenenarnos. Sus intérpretes son como los especialistas de cine, que simulan peleas en las que nunca se hacen daño. De ahí que sería exigible que en los debates de televisión y en el Parlamento se advirtiera previamente de que todo es una dramatización y que los ciudadanos deben desistir de utilizar con sus vecinos el mismo tono y agresividad que ven y escuchan a estos señores porque es muy probable que acaben a mamporros en el rellano de la escalera.

Hace un par de semanas se originó una gran trifulca por la difusión de una fotografía de Pablo Iglesias y Albert Rivera hablando en la cafetería del Congreso. Los que pusieron la instantánea en circulación pretendían resaltar el compadreo de dos supuestos enemigos irreconciliables para hacer la pinza al Gobierno, mientras la mayoría denunciaba la violación de la intimidad de un espacio privado y cuasi sagrado donde políticos de todos los partidos se relacionan sin calzarse los guantes de boxeo.

Sobre este último mensaje es bueno incidir porque se tiende a pensar que la política es un videojuego en el que solo se pasa de pantalla cuando uno de los personajes logra eliminar al resto, lo que contribuye a extender entre los mirones un odio más que perceptible a los que muchos no pueden sustraerse. Se llega así a esa crispación que nunca se pone en contexto y que, en realidad, deviene de un teatro hecho por embaucadores. Dicho de otra manera, los sembradores de vientos nunca se despeinan y a los que recogemos tempestades nos pone de muy mala leche que se nos vuele el postizo.

No parece ser la misión de nuestros dirigentes contribuir a la moderación sino todo lo contrario. Ninguno tiene interés en humanizar al de enfrente porque eso supondría desactivar su mensaje. El adversario siempre es un facha, un antipatriota o un golpista con el que no hay que relacionarse públicamente. A ello se refería Gabriel Rufián cuando hablaba de la “teatralidad de la política madrileña” como si la catalana no se representara en otro escenario similar con su foso, sus bambalinas y sus apuntadores.

Lo que debiera ser normal se toma como una anécdota a la que no dar más importancia, aunque ello sirve y mucho para relativizar los dramas. Es saludable que el respetable conozca que se establecen relaciones personales entre ‘especies’ distintas y que la amistad no entiende de ideologías. El antagonismo no ha de asociarse necesariamente con inquina. Es bueno saber, por ejemplo, que Pedro Sánchez y Mariano Rajoy tejieron complicidades cuando aparentaban ser el agua y el aceite, que Pablo Casado y Pablo Iglesias se intercambian fotos de los niños, que Inés Arrimadas siente aprecio por Josep Rull pese a que esté en la cárcel, que Rivera e Iglesias toman café o que el ya citado Rufián se echa risas con Rafael Hernando y hasta con Celia Villalobos. De hecho, es más instructivo lo que se esconde tras la fachada que el ladrillo visto.

Las más enconadas disputas, esas que no se exhiben sino que se presienten, se producen entre cuñas de la misma madera. Las animadversiones más intensas se reservan para los compañeros de partido, haciendo bueno el ya famoso “al suelo que vienen los nuestros” que popularizó Pío Cabanillas en plena descomposición de la UCD. El verdadero odio, el que no es fingido por exigencias del guion, no está en las tribunas sino en los comités centrales y en las juntas directivas.

Es conveniente entender el juego de la política sin perder de vista precisamente que es un juego y que como tal ha de tomarse. Sin renunciar a la defensa que cada uno haga de sus principios o la identificación que se puede tener hacia los postulados de uno u otro partido, lo recomendable es tomar cierta distancia y desconfiar de quienes piden a otros lo que ellos mismos no son capaces de hacer. ¿Es serio que quien retira de su balcón una pancarta acuciado por una orden judicial reclame a los demás la desobediencia civil? Si admiten un consejo, relativicen que, como algunos dicen, es gerundio.