Opinion · Tierra de nadie

El travestismo de Pedro Sánchez

Se supone que asesorado por su vendedor de crecepelo en funciones, Pedro Sánchez se ha envuelto en la bandera de España y se ha proclamado su paladín, anticipando que tras la inminente sentencia a los líderes del procés arderá Troya y también Cataluña. Se trata de la última maniobra electoral del cambiante líder del PSOE que, a este paso, está en condiciones de disputarle el campanario al veleta de Rivera y hacerle pasar por inamovible. El giro ha debido de crear cierta inquietud en la derecha donde se teme que Sánchez se pase de frenada y haya que hacer sitio en el bloque a un cuarto partido.

En una frenética carrera de entrevistas y apariciones públicas en la que ha tenido tiempo de pasear a Marhuenda por los jardines de Moncloa, el presidente se ha dedicado a poner el foco en la promesa de que intervendrá la autonomía catalana si el independentismo se pone farruco y levantisco o, en su efecto, tirará de la ley de Seguridad Ciudadana para combatir posibles disturbios. Como de la obviedad no es necesario hacer glosa, ya que es de cajón que la obligación del Gobierno es actuar ante la quiebra de la legalidad en un territorio, la insistencia en que tiene todos los escenarios contemplados y en que no le temblará el pulso para restaurar el orden significa que ha situado a Cataluña como el punto central de su campaña. Y de ahí a desear que se cumpla su profecía hay sólo un paso.

El Ahora Gobierno, ahora España, lema de los socialistas, ya anticipaba por dónde iban a ir los tiros. Tras dar carpetazo a un acuerdo con Unidas Podemos y precipitar la repetición de elecciones, Sánchez y su Maquiavelito han considerado que el perfil de izquierdas ya no resulta tan atractivo y que lo aconsejable como cartel electoral es una imagen más centradita, como de DNI, con el candidato enseñando músculos y la oreja derecha. A otra escala recuerda la actitud de los presidentes de EEUU en busca de un enemigo exterior para asegurar su reelección. Así que, a falta de Irak o Corea del Norte como ejes del mal, habrá que conformarse con Torra.

Apuntalada en la reciente operación policial contra un CDR pasado de rosca y en las salidas de tono de la marioneta de Puigdemont llamando a una desobediencia civil a la que él mismo no se atreve, la estrategia de mano dura en Cataluña era previsible en la derecha pero resulta turbadora en la que se define como “la izquierda de Gobierno” que vertebra al país. Sobre todo, porque basta con volver la vista atrás unos cuantos metros en el tiempo para escuchar a Sánchez defender la plurinacionalidad del Estado, para verle triunfar en la moción de censura con el apoyo del independentismo catalán o, más recientemente, para asistir al pacto del PSC con JxCat con el que gobernar juntos la Diputación de Barcelona.

De hecho, entre las razones que explican el triunfo electoral del PSOE en abril no estaba el haberse convertido en “la garantía frente al secesionismo”, como ahora Sánchez define a su partido, sino en lo que parecía un nuevo enfoque para abordar la quiebra del modelo territorial basado en el diálogo y no en la confrontación. Para este presunto viaje de ida y vuelta al artículo 155 sobraban todas las alforjas.

El volantazo del PSOE es una sublimación del travestismo político y puede crearle problemas al líder socialista. Con tantas versiones de uno mismo –el Sánchez izquierdista, el Sánchez federalista, el Sánchez estadista, el Sánchez insomne, el Sánchez marianista y el Sánchez abanderado- uno corre el riesgo de equivocarse de traje al salir de la ducha, por mucho que se tenga al estilista Iván Redondo para elegirle la corbata. Ya se dibuja el Sánchez bombero de un incendio que aún no se ha producido. De momento, toca hacer de pirómano.