Opinion · Tierra de nadie

Clara Serra y las verdades del barquero

Como las dimisiones son acontecimientos muy extraños en el universo de la política, el portazo de Clara Serra a Iñigo Errejón y Más Madrid ha sonado como ese signo de interrogación que nos cantaba Sabina. La respuesta a la pregunta es que sí, que en todos los sitios cuecen habas, incluso en aquellos espacios que debían tener la lección bien aprendida para no tropezar de nuevo en esas viejas piedras que ya son parte del paisaje y hasta de la familia. En cualquier caso, la dimisión en sí  merece un elogio porque viene siendo la acción de un verbo escasamente conjugable en presente de indicativo.

Su carta de despedida es un inventario de agravios y de verdades, algo que en la vida interna de los partidos suelen ser términos equivalentes. Lleva razón Serra en muchas de las cosas que dice, empezando por su crítica a los hiperliderazgos que convierten a las organizaciones en sectas dedicadas a la glorificación del sumo sacerdote y a los discrepantes en enemigos a los que se les niega el pan y la sal por el simple hecho de atreverse a disentir de sus diez mandamientos.

No se puede sino coincidir con la ya exdiputada de Madrid cuando afirma que los partidos han de construirse de manera lenta y cuidadosa, con procedimientos que aseguren el debate y normalicen la crítica. Alguna vez se ha dicho aquí que las ideas compiten y con ellas las personas que las defienden, y es bueno que así sea porque lo contrario suele ser un trampantojo que oculta el poder omnímodo y, por lo general, arbitrario de los líderes. No existen las voces plurales al modo de un armonioso coro de grillos que canta a la luna sino una sana competencia por ver quién ha de llevar la voz cantante. El éxito de cualquier organización humana pasa por establecer cauces que administren las afinidades y las divisiones, o, lo que es lo mismo, por dotarse de unas estructuras y unas reglas de convivencia aceptadas por toda la orquesta que no estigmatice a los solistas.

Los militantes, como bien apunta la dimisionaria, no pueden limitarse a ser los avalistas de decisiones ya tomadas, los que justifiquen el sostenella y no enmendalla o, como se ha visto en otras ocasiones, los jueces de la rectitud de unos dirigentes necesitados de fiadores hipotecarios. Y los partidos –y en esto vuelve a acertar Serra- no pueden ser eternas máquinas de guerra electoral en la que hasta los principios se supediten a un buen resultado mientras se ignora su misión fundamental: extender sus valores hasta conseguir que sean mayoritarios en la sociedad. Esta tarea es más lenta pero mucho más rentable a largo plazo.

Discrepa la exdiputada en la forma que ha elegido Más País para presentarse a las elecciones, especialmente su decisión de competir en Barcelona con Ada Colau, ya sea porque no representa su espíritu plurinacional o porque entra en competencia con un proyecto que ha sido fruto de muchos años de trabajo. Es un planteamiento opinable. ¿Sólo en Barcelona era necesario adherirse a las fuerzas territoriales ya existentes para fortalecer el espacio del cambio o también habría que haber hecho lo mismo en Sevilla, Baleares o Vizcaya? Es opinable considerar un error que Más País concurra ahora a las generales. Por regla general, conviene subirse al tren cuando llega al andén, fundamentalmente porque son otros los que determinan su frecuencia de paso.

La gran crítica de Serra tiene mucho que ver con la hipocresía y con esas grandes banderas que sólo se ondean en los balcones y se pliegan dentro para que no ocupen mucho espacio en el cajón de la cómoda. “Hace falta acordarse del feminismo no solo en las fotos y en las campañas sino sobre todo en los momentos en los que estamos fuera de los focos y en los que se puede profundizar en la feminización. (…) Sin formalidad y organicidad las feministas no tenemos siquiera las condiciones materiales para ponernos a trabajar y a corregir las desigualdades de nuestra organización. (…) La fuerza de las mujeres feministas dentro de las organizaciones políticas no suele emanar de la confianza de los líderes, sino de la manada feminista que las apoya y las sostiene desde dentro y desde fuera”, dice en su carta. Y vuelve a llevar razón.

Parece que aquí se encuentran los “motivos políticos de peso” de su renuncia al escaño. Aupada por los militantes al número dos de la lista de Más Madrid y utilizada como reclamo feminista, sus discrepancias con Errejón le habían conducido al ostracismo. Dicen que intentó sin éxito “feminizar” los cargos internos del partido y que ha debido de sentir como una humillación que, después de mantener el pulso con Podemos en el momento de la escisión, se le haya negado ahora la portavocía en la Asamblea de Madrid para dársela a Pablo Gómez Perpinyà, el noveno de la lista pero íntimo amigo del líder. Por muy personales que sean, son motivos igual de legítimos que sus verdades de barquero.