Opinion · Tierra de nadie

Aznar el exorcista

A lo largo de los años Aznar ha ido completando una interminable y variopinta lista de enemigos de la libertad, un saco sin fondo en el que incluye a terroristas, comunistas, populistas, nacionalistas, socialistas, a los que no le dejan beber vino en paz y, por supuesto, a los ecologistas, esos “abanderados del apocalipsis climático” que, con la excusa de querer salvar el mundo, lo que pretenden es acabar con la democracia. Contra estos últimos tiene una fijación antigua porque son, de todos sus demonios, los más traviesos, hasta el punto de que hubo un tiempo en el que escaparon del infierno donde les tiene castigados y le tentaron con manzanas como la madrastra a Blancanieves.

Ahí donde le ven, el estadista cabreado no siempre fue un negacionista del cambio climático como demuestra cada vez que habla, la última vez en una entrevista en el diario Expansión. De hecho, y salvo que pensara que el acuerdo iba de comprarles televisores a Sony, fue uno de los firmantes del protocolo de Kioto, antes claro de que lo más calenturiento no estuviera en el clima sino en sus neuronas. Fue a partir de esa ebullición cerebral cuando el expresidente empezó a echar pestes de esa “nueva religión” y a dudar de que existiera un cambio climático determinado por la acción humana. Los demonios fueron así exorcizados.

Se ignora qué tipo de brujería llevan a cabo los ecologistas para que parezca que llevan razón, cómo logran aumentar las temperaturas hasta conseguir que los glaciares retrocedan o desaparezcan o cómo consiguen que se pierdan humedales, se acidifiquen los océanos o se registren altas concentraciones de ozono que disparan el número de muertos por enfermedades cardiorrespiratorias. En cambio, lo que sí está bastante claro es por qué los negacionistas se han articulado en grupos de presión financiados por grandes multinacionales cuyo negocio es contaminar. No causó sorpresa alguna, por tanto, que se desvelara en su día que varias fundaciones sufragadas por Exxon Mobil, tal que la American Enterprise Institute, habían ofrecido cheques con varios ceros a científicos y economistas para que cuestionaran en sus artículos las conclusiones del panel de expertos de la ONU sobre las razones del calentamiento global.

Es sabido que el pluriempleado Aznar está en la nómina de varias multinacionales y que es una casualidad que en la News Corporation, la compañía de uno de sus grandes benefactores, Rupert Murdoch, figuren o hayan figurado como accionistas magnates texanos del petróleo como Alfred C. Glassell Jr., expresidente de Texaco. También es casual que como conferenciante, Aznar haya estado ligado tanto a la ya citada American Enterprise Institute (AEI) como a la Heritage Foundation, otro de esos laboratorios de ideas subvencionados por la Exxon. Como lo es que FAES se creara a imagen y semejanza de la AEI o que el grueso del negacionismo patrio se aglutine en torno a la fundación de Aznar y al Instituto Juan de Mairena, un club ultraliberales que dice no aceptar fondos de partidos o Gobiernos, aunque si quien pone el cheque es la Atlas Economic Research Foundation, otro tentáculo de Exxon, la cosa cambia. ¿Acaso no es una tremenda casualidad que el primer acto del Instituto Juan de Mariana fuera un seminario sobre el protocolo de Kioto con la participación estelar de representantes de otros dos ‘institutes’ financiados por Exxon? En ese mundo de casualidades vive don José María.

Por supuesto, la preocupación de Aznar no es que las industrias del petróleo y el gas estén en peligro de muerte si de una puñetera vez el mundo decide hacer algo para no suicidarse. Sus desvelos son por esos millones de personas a las que “estaríamos mandando a la pobreza” por el empeño de quienes quieren “acabar con las sociedades libres” usando el alarmismo sobre el cambio climático como arma arrojadiza. Nuestro hombre es un filántropo, pero muy bien pagado.