Opinion · Tierra de nadie

Orgullo de país

Los pobres de España y del mundo entero deberían saber que hoy es su día y que puede que no tengan dónde caerse muertos pero sí cuentan con una fecha fija al año en la que conmemoramos su desventura. Lo más adecuado sería unir esta jornada internacional a la del día 20, que es el día mundial de la estadística, porque la pobreza se ha convertido en una serie de porcentajes cuya evolución siempre nos quita el sueño. Este miércoles, de hecho, se presentó el informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social, cuya principal conclusión es que 2,5 millones de compatriotas no pueden alimentarse adecuadamente, justamente el doble que hace una década, y el dato ha causado la lógica alarma en instituciones, partidos y medios de comunicación.

Ayer no se hablaba de otra cosa en informativos y ruedas de prensa. Informada la clase política de que 12 millones de españoles están en riesgo de exclusión social, que la mitad de la población tiene alguna dificultad para llegar a final de mes, que muchos de ellos no podrán encender la calefacción en invierno y que sólo conocen de referencia el sabor de la carne o el pescado, los principales dirigentes del país acudieron raudos a Moncloa para hacer frente a la urgencia y darle la respuesta adecuada.

Como puede suponerse, el asunto no tiene un arreglo fácil y las soluciones que se pusieron sobre la mesita de café no fueron unánimes. El presidente del Gobierno en funciones dijo que se actuaría con moderación y firmeza; el líder de la oposición exigió contundencia y que se aplicara incluso la Ley de Seguridad Nacional para que, al menos, los pobres de pedir estuvieran seguros; Albert Rivera reclamó ceses y medidas excepcionales ante la “emergencia nacional”; Pablo Iglesias pidió empatía y diálogo; y la ultraderecha, que no fue convocada, apostó por el estado de excepción para abordar esta situación excepcional.

Se desmenuzaron todos los detalles, especialmente el dato de que las mujeres y los hogares con niños son más proclives a la pobreza y de que la mitad de las familias monoparentales están en riesgo de sufrirla. También se conoció sobre la marcha que ni siquiera el empleo es garantía de nada porque, entre el tiempo parcial, los salarios de mierda y los contratos de media hora, el 14% de los trabajadores está a la cuarta pregunta o a la quinta.

Sensibilizados ante esta problemática y, pese a no ponerse de acuerdo en los medios para hacerla frente, nuestra dirigencia se mostró muy avergonzada de que España tenga la séptima tasa de pobreza más alta de la Unión Europea tras las de Bulgaria, Rumanía, Grecia, Lituania, Italia y Letonia. Saber que en Portugal hay menos pobres dolió mucho pero las fuentes que informaron de los encuentros pidieron que se no se mencionara el detalle para no ocasionar ulteriores conflictos diplomáticos. Y hubo altisonantes reproches, porque para algo nuestros Gobiernos se comprometieron a reducir en 1,5 millones el número de personas en riesgo de pobreza en 2020, y otra cosa no seremos pero sí gente de palabra.

Como no podía ser de otra manera, el informe de nuestras penurias ha impactado como un obús en la campaña electoral que ya está en marcha y ha focalizado los debates, al punto de que el propio Antonio García Ferreras dirige un especial informativo que al cierre de esta columna seguía en emisión. Cataluña ha dejado desde ayer de arder. Todos, de izquierda a derecha, desde los independentistas a los constitucionalistas, desde los rojos a los azules e, incluso, los naranjas tienen muy asumido que lo primero son las personas. Orgullo de país.