Opinion · Tierra de nadie

Se busca conductor con experiencia

Junto a los injustificables episodios de violencia que se viven en las calles de Cataluña, si hay algo más que el independentismo no puede permitirse es esa sensación de absoluto desconcierto que transmite, cuando no de inmenso y cósmico vacío. Cabe preguntarse quién está a los mandos, si alguien pilota la nave y si esta tiene un rumbo claro o, como parece, navega a la deriva. Y si finalmente la respuesta fuera que el timonel de todo es el president Torra habría que insistir en el interrogante: vale, pero ahora hablando en serio ¿no hay nadie más ahí?

Nada de lo ocurrido ha sido inesperado. Tan previsible como la sentencia condenatoria a los líderes del procés era la protesta ciudadana consiguiente, para cuya articulación se improvisó ese artefacto llamado Tsunami Democràtic pactado, según se dice, por las principales fuerzas políticas y sociales del independentismo y que, a tenor de lo contemplado, ha escapado por momentos al control de sus promotores. De hecho, a estas alturas sigue sin estar claro si el objetivo último de las movilizaciones es inquietar al Gobierno de España y forzar una reacción que pueda ser presentada al mundo como propia de una democracia bananera o si es el independentismo el que ha de alarmarse por un caos que puede llegar a sobrepasarle y arruinar la imagen de resistencia pacífica y sonriente que ha prodigado.

Se esperaba, al menos, que con tiempo suficiente entre el final del juicio y la publicación de la sentencia se tuviera preparada una respuesta política, eso que los modernos llaman hoja de ruta con los siguientes hitos en el camino. La misión correspondía a Torra, que este jueves ante el Parlament tenía la pintiparada ocasión de explicar las líneas estratégicas de la causa. Pues bien, el president, quizás cansado tras su caminata por la autopista con zapatos de tafilete, consiguió lo inesperado: que hasta los suyos se tomaran a broma su promesa de referéndum de autodeterminación a lo largo de esta legislatura.

No se sabe cómo le llegó a Torra la inspiración para la propuesta, que se suponía consensuada con algo más que la almohada hasta que pudo observarse la cara de incredulidad de los dirigentes de ERC que la ignoraban por completo y se apresuraron a mover la cabeza de izquierda a derecha en plan ni lo sueñes. Se duda incluso de que la idea haya llegado por paloma mensajera desde Waterloo porque ni Puigdemont, ni los exconsellers repartidos por Europa, ni los miembros del Govern ni, por supuesto, los condenados por sedición han dicho esta boca es mía desde que fuera formulada. Tan clamoroso ha sido el silencio que se empieza a barruntar que es Torra, desdoblado esquizofrénicamente entre su condición de president y de activista, el que se ha autodeterminado del independentismo y que, finalmente, se ha decidido a cumplir su propio objetivo personal. “Me veo con fuerza para avanzar en el ejercicio del derecho a la autodeterminación. Es mi mandato. Yo no he venido aquí para otra cosa”, explicaba ayer en una entrevista en TV3.

Barcelona puede aparentar ser durante unos días la rosa de foc de la Semana Trágica, pero ni estamos en 1909 ni Cataluña es Hong-Kong ni los disturbios vividos anticipan revolución alguna. Podría augurarse incluso que, pasada la huelga de este viernes y las protestas que se esperan este fin de semana, las movilizaciones remitirán porque la presión popular tiene sus límites y hasta hay gente que trabaja. No deja de ser curioso que quienes reclaman desobediencia civil no se atrevan a dar un paso de más que pueda encaminarles al Juzgado.

Como se decía al comienzo, la impresión es que no hay nadie a los mandos y que si Madrid no se deja llevar por la presión de quienes piden enviar los tanques a la Diagonal la división del independentismo hará el resto. Si la meta de la legislatura no es el referéndum de independencia sólo quedan las elecciones, convocadas por el propio Torra o justo después de que dimita, que tampoco es un escenario descartable. Mientras tanto, que alguien con el carnet de conducir en vigor se ponga al volante y esquive el muro.