Opinion · Tierra de nadie

Los titanes del capitalismo

En este país se puede elegir. Basta con remitirse a las pruebas. Decíamos ayer, o hace unos días, que la cuarta parte de la población estaba en riesgo de exclusión social y que 2,5 millones de personas vivían en la pobreza severa, un barrio gigantesco con vistas a los comedores sociales y tan caluroso y bien aislado que nadie enciende la calefacción en invierno. Pues bien, como en la variedad está el gusto, acabamos de saber que fabricamos ricos como morcillas de Burgos, hasta el punto de que en la última década se ha quintuplicado el número de millonarios, según el informe de uno de esos bancos suizos que en materia de opulentos son autoridades mundiales.

Los datos revelan que conjugamos talentos especiales a ambos extremos de la cadena alimenticia, del mendrugo del pan al caviar a cucharadas, y se evidencia lo obvio: para que muchos vivan debajo de un puente tiene que haber otros que los construyan y paguen comisiones a los concejales de Urbanismo. Estamos ante la prueba definitiva de que España es un país plural por mucho que algunos se empeñen en mantener lo contrario.

Al parecer, en 2010 sólo a 172.000 de nuestros compatriotas les había castigado Dios con dinero en distintos grados. Estábamos ya en la gran crisis, ese período en el que el PIB se puso a cavar un agujero para comprobar que, efectivamente, éramos las antípodas de Nueva Zelanda. Muchos se apuntaron a la pobreza que, como otros informes han demostrado, aumenta la esperanza de vida. Así, los que estaban gordos adelgazaron y rebajaron el colesterol; los que comían hamburguesas fuera empezaron a darle al cocido en casa, que es más sano; y los estresados por el trabajo se relajaron como por ensalmo. Disminuyeron los accidentes de tráfico porque sin poder pagar la gasolina nadie conduce y ello debió de repercutir en los índices de contaminación y en un aire más saludable. ¿Quién no quiere vivir mejor?

Otros, en cambio, arrostraron los peligros de forrarse, que es malísimo para el riñón. Diez años después, los millonarios son ya 979.000 y, si las previsiones del Credit Suisse se confirman, seguirán aumentando hasta los 1,4 millones en 2024. Dinero llama a dinero, aunque lo haga en voz baja para no dar notorios a sordos. De ellos, cerca de 900.000 tienen una modesta riqueza de entre uno y cinco millones de dólares; 52.500 de entre cinco y 10 millones; unos 25.000 de entre 10 y 50; casi 1.500 cuentan con entre 50 y 100; 685 exhiben un patrimonio de entre 100 y 500 millones; finalmente, hay 61 españoles que superan este último umbral. Son los titanes del capitalismo patrio, nuestros ‘amancios’, si se permite la definición colectiva en honor a nuestro gran benefactor del prêt-à-porter.

Habrá quien piense que este milagro de los panes y los ricos no debe de ser exclusivo de España, y es verdad. Pero es que mientras a nivel mundial la cifra de millonarios se multiplicaba por tres en este mismo período, aquí se hacía por cinco y algo más, en abierta demostración de que tenemos una enorme habilidad para amasar fortunas o, cuando menos, para acumular un patrimonio algo más que apañadito. En el ranking que los suizos adjuntan en su memorando somos el octavo país en el que más crecieron los millonarios, y eso –y nunca mejor dicho- hay que ponerlo en valor.

Se entiende que los distintos Gobiernos hayan evitado hasta ahora poner palos en las ruedas a estos emprendedores en su titánico esfuerzo por reventar huchas de barro y que para facilitar su tarea hayan sido eximidos en gran medida de apoquinar la factura de la crisis. Si han de llorar, que sea por amor o por pelar cebollas, pero no por la declaración de la renta, que es más prosaica que Azorín. ¿Que hay muchos pobres que aun trabajando no llegan a final de mes? Pues que se hagan millonarios que todavía están a tiempo.