Opinion · Tierra de nadie

Sánchez y la novena ley de Murphy

Como todo lo que puede salir mal, sale mal, la tostada de la repetición electoral le ha caído a Pedro Sánchez por el lado de la mantequilla y nos ha dejado la alfombra con una mancha de ultraderecha que será muy difícil de eliminar, si es que alguna vez se logra. Lo de nuestro galán de la Moncloa no tiene disculpa porque estaba avisado él y el maquiavelito que le hace de edecán y le vende el crecepelo. Como decía Pablo Iglesias, que también se ha lucido, se duerme peor con 52 diputados de Vox que con ministros de Podemos en el Gobierno. Lo imperdonable de todo esto es que haya logrado contagiar el insomnio a tres cuartas partes del país.

Las elecciones del domingo no sólo han sido un drama para Rivera, que anoche sugería que se iba sin irse, en la línea habitual de girar a lo loco sobre su propio eje. Al veleta de Ciudadanos se le ha desplomado la torre del campanario y no le queda otra que hacer mutis este mismo lunes sin demora. Su responsabilidad política no se circunscribe a Ciudadanos sino que cabe atribuirle una importancia decisiva en la efervescencia de la extrema derecha, a la que ha dado de comer de su mano hasta ser devorado por la bestia. Ha sido además el mamporrero de un PP que hoy respira gracias a su estulticia. Cuando finalmente se oficie su funeral no faltará una corona con una banda morada en la que se lea aquello de ‘Albert, la derecha no te olvida’.

Como se decía, todos se han dejado jirones menos las huestes de Don Pelayo, a los que les hemos hecho el traje y con lo que sobraba una rebequita, y el independentismo al que se quería contener. Ha perdido el PSOE, que con sus cálculos partidistas ha regalado su mayoría absoluta en el Senado y ha provocado que hoy España sea mucho más ingobernable que ayer; ha fracasado Unidas Podemos, que en algún momento tendrá que preguntarse por qué no deja de retroceder en cada convocatoria y por qué el bloqueo le ha girado una factura más elevada que a los socialistas; lo ha hecho también el PP, que limita su subida a recoger los restos del naufragio de Rivera y que ve por estribor cómo su hijo pródigo no surca el mar sino vuela a su encuentro con el cuchillo entre los dientes; y fracasa Errejón, que dice haber plantado una semillita pero vete a saber tú cómo le crece el geranio.

La gran derrotada es la izquierda, pero no sólo porque el bloque se deja siete escaños mientras la derecha avanza dos. Los resultados afianzan, esta vez sí, la posibilidad de una gran coalición entre PSOE y PP ante el temor de otra repetición electoral que ninguna democracia seria puede permitirse. Casado ya dejó la puerta abierta al explicar que estaba a la espera de lo que Sánchez planteara, mientras este se limitó a afirmar que la democracia convocaba a todos los partidos a actuar con generosidad para desbloquear situación. Su “sí o sí vamos a conseguir un Gobierno progresista” no aleja esta posibilidad porque con el PSOE la experiencia demuestra que es progresista o de izquierdas todo lo que hace, desde bajar los impuestos a los ricos hasta pactar con el PP, como puede ser el caso. Es la novena ley de Murphy.

Formar Gobierno desde la izquierda requeriría no sólo que Sánchez e Iglesias se pusieran de acuerdo, lo que viene siendo casi un milagro, sino el concurso, ya sea por acción o por abstención de ERC, algo que, como ya advirtió en su día Gabriel Rufián, era posible en septiembre pero se torna complicadísimo tras la sentencia del procés. No sería descartable que Sánchez mandase al tinte su terno de españolazo y se enfundara el de federalista, pero es más complicado que los republicanos, con unas elecciones catalanas en el horizonte, acepten pasar por traidores ante la grey independentista.

El auge de Vox merece una reflexión aparte. Desmiente por un lado esa absurda premisa de que los españoles son sabios cuando votan y confirma que el discurso del odio tiene un público numeroso. Abascal, que puede ser facha sin ser completamente tonto, ya empezó en la campaña a hacer guiños a los votantes de izquierdas en un giro radical a su naturaleza neofranquista, católica y cañí. La ultraderecha europea encontró su gran nicho en las clases más populares, que son las más permeables a los mensajes de que los inmigrantes con los que conviven les quitan el trabajo y las ayudas sociales. En esa línea es en la que está ahora. Todo está inventado.