Opinion · Tierra de nadie

Parecidos irrazonables entre Rivera y Suárez

Quizás por falta de costumbre, la dimisión de Albert Rivera ha recibido grandes elogios y ha provocado, incluso, mucha ternura entre quienes le escuchaban decir que dimitía para no hacer daño al proyecto, que la vida es mucho más que la política y que, a partir de ahora, se dedicaría a ser mejor hijo, mejor padre, mejor pareja, mejor amigo y hasta mejor vecino. En realidad, el daño ya está hecho, la vida es más que la política pero él llevaba trece años en el cargo y sus buenos propósitos de Año Nuevo sólo le incumben a él y a quienes le rodean.

La dimisión en política no debería presentarse como un drama personal sino como algo más profesional, esto es, la consecuencia lógica del fracaso, algo natural e inevitable. De hecho, los que este lunes se mostraban compungidos como viudas, mañana habrán olvidado el llanto y harán bueno aquello de a rey muerto, rey puesto, pensando en que, tal vez, puedan ser ellos quienes se ciñan la corona. Rivera estaba obligado a dimitir porque “eso es lo que debe hacer un líder de un partido con una estructura presidencialista cuando obtiene un varapalo de esta magnitud”, que fue lo que dijo Adolfo Suárez en 1991 cuando abandonó la presidencia del CDS tras los pobres resultados en unas elecciones municipales y autonómicas en las que ni siquiera se presentaba. Lo hizo sin sentimentalismos, aunque luego no dejara de darse puñetazos en la pierna en la intimidad del coche que le llevaba a su casa.

Como se ha dicho aquí alguna vez, cualquier parecido entre Suárez y Rivera es pura coincidencia. El primero jugaba al póquer con los poderes fácticos y hacía locuras como citarse en secreto con Carrillo en un chalet de las afueras; el segundo, a lo más que ha llegado es a tomarse dos cafés con leche con Pablo Iglesias. El primero era un rebelde; su pretendido émulo, un mandado.

Nada en ellos es comparable porque el centro de Suárez era geográfico y el de Rivera un punto oscilante cuyo movimiento ha venido determinado por sus ventoleras. Al de la Transición le querían mucho y le votaban poco, y, si fracasó en su proyecto, fue porque el electorado no entendía que pudiera pactar a izquierda y derecha como hacían en Europa todos los partidos liberales; a Rivera lo que le ha perdido es justamente lo contrario: renunciar a ser bisagra para correr únicamente en auxilio del vencedor o para intentar saltar más allá de su sombra. Alguien de centro no puede aspirar a liderar la derecha sin traicionarse. Por eso Suárez declinó hacerse cargo de Alianza Popular cuando se lo ofreció Manuel Fraga; justamente lo contrario de lo que ha querido hacer Rivera disputando el terreno no sólo al PP sino también a la ultraderecha más casposa. Se dirá que los dos han acabado igual, ignorando que uno es historia y el otro poco menos que una anécdota.

La maldición de los partidos presidencialistas es que su supervivencia está íntimamente ligada a la de su capitán y que, cuando acaece el óbito político del mandamás, no hay quien se haga cargo de la herencia ni aun a beneficio de inventario. Pasó con el CDS -también y salvando las distancias con la UPyD de Rosa Díez- porque la sombra del líder era tan densa que difícilmente podía germinar algo en sus alrededores. No era algo buscado sino un efecto indeseado de su propia dimensión.

En el caso de Ciudadanos se ha visto exactamente lo contrario. Ha sido Rivera el que ha tratado de impedir que nadie le eclipsara, especialmente Inés Arrimadas, de la que siempre ha trasladado la impresión de que era su obra y que sus éxitos lo eran por simple delegación. Tal vez por ser mujer, como apuntó en su día Mónica Oltra, la dirigente fue capaz de digerir sus triunfos sin mayores estridencias y sin despertar la sensación de que podía ser la alternativa que un buen día le segara la hierba bajo los pies. Aun así, en su precipitado abandono de Cataluña y su traslado a Madrid para hacer de cola de león muchos vieron una maniobra de Rivera para apagar su estrella y restarle protagonismo. Tras la abdicación forzosa, Arrimadas representa hoy la única opción capaz de asegurar la supervivencia del partido en su travesía del desierto. Veremos si quiere y si se lo permiten.