Opinion · Tierra de nadie

Desolación en el cortijo

La corrupción tiene múltiples rostros y, a veces, como en la Andalucía del PSOE, los tenía todos. Ni siquiera requería como prueba el enriquecimiento ilícito de los gobernantes porque lo que era corrupto hasta la médula era el propio sistema que se había edificado para conservar el poder y que, por mimetismo con el paisaje, adoptó la forma de un gigantesco cortijo. Cuando se gobierna pensando que todo te pertenece los derechos de los ciudadanos se reducen a favores que exigen agradecimientos, besos en el anillo y votos en las elecciones. Eso es lo que se ha condenado este martes en la Audiencia de Sevilla.

La sentencia va más allá de los ERE, que ha sido una de las manifestaciones de este régimen del amiguismo que se sostuvo mediante intrincadas redes clientelares que penetraban en cada rincón del espacio público. No había asociación, cofradía o peña de amigos donde no llegara este pulpo de mil tentáculos. Nada escapaba a esta gigantesca telaraña, a este contubernio de dádivas donde los ciudadanos quedaban reducidos a súbditos educados en la limosna y la genuflexión.

Apartados finalmente del poder, los socialistas siguen sin entender en qué pecaron cuando eran el pecado mismo y su pretendida socialdemocracia, una terrible parodia. La oligarquía a la que decían combatir no estaba tanto fuera como en sus propias entrañas tras décadas de envilecimiento. Ni siquiera ahora son conscientes del inmenso daño que hicieron a los andaluces, a los que convencieron de que lo que les correspondía en justicia eran concesiones graciosas de la autoridad, ya fueran subsidios agrarios, ayudas a los parados o esos empleos que repartía el hermano de Guerra en su despacho de la Delegación del Gobierno tras la clásica invocación de “Juan, colócame”.

Sí, lo podrido era el sistema y ello daba pie a las pequeñas corruptelas, a las subvenciones fraudulentas, a las falsas prejubilaciones y las sobrecomisiones de los compadres. Se hicieron indistinguibles las golfadas de esas ayudas que necesitaban y recibieron miles de despedidos, a las que se ha metido en el mismo saco de la malversación. Duele ver la condena a un buen tipo como Griñán, que tampoco ha entendido que ese fraude que reconocía en los ERE había sido propiciado por él y por la inercia. El cortijo tenía sus normas y no era cuestión de cambiarlas.

Esas normas consistían en no someter las decisiones a fiscalización alguna, en hacer ley de la discrecionalidad. Y se hizo así porque era la costumbre de la casa, porque no iba a venir un interventor a decirles cómo había que repartir la sopa caliente, porque los destinatarios debían contemplar el rostro de la magnificencia y la mano que les daba de comer para luego no equivocarse cuando llegara la hora de las gratitudes eternas.

Salvo para marcar distancias con la corrupción del PP, poco importa que el partido no haya sido condenado por financiación ilegal o que sus actuales dirigentes no tuvieran relación alguna con los hechos juzgados. Y es verdad, como ha esgrimido el ‘bombero’ Ábalos que “el PSOE nunca trató de ocultar este caso, ni arremetió contra los jueces, ni trató de comprar el silencio de ningún inculpado, como sí hizo el PP y desde luego no destruyó ninguna de las pruebas que pudieran afectar a este caso”.

Nada de lo anterior importa, como se decía, si no hay una reflexión profunda y una autocrítica general al pernicioso entramado que levantaron para mantenerse en el machito. Los ciudadanos no son pajarillos a los que lanzar miguitas hasta conseguir que se posen en tu hombro; no son perros a los que exigir lealtad a cambio de las sobras de la comida. El poder no consiste en alimentar a los pobres sino en eliminar la pobreza y cimentar la prosperidad. Los gobernantes no son madres dolientes y benefactoras, no son propietarios sino inquilinos. La sociedad no es un cuerpo a invadir. Esa es la lección que deberían tener memorizada por si el examen se repite.