Opinion · Tierra de nadie

Traición es negar la evidencia

Ha causado gran alboroto en los sectores más diestros de nuestra única y gran nación que, como lleva haciendo más de 40 años, el PSC refleje en el ideario de su Congreso de diciembre que Cataluña también lo es y que España es un Estado plurinacional. La reiteración ha sido interpretada como una intolerable cesión al independentismo, el primer gesto ante ERC para que, mesa de negociación mediante, facilite la investidura de Pedro Sánchez, un traidor a la causa dispuesto a lo que sea para mantenerse en el poder.

La polémica no es sino el producto de este interminable bucle en el que nos encontramos, un laberinto en el que alguien debería haber indicado con un cartel luminoso la salida de emergencia. En ausencia de indicadores y de miguitas que muestren el camino recorrido, volvemos a transitar los mismos pasillos como si fueran nuevos y nos paramos ante espejos que nos devuelven una imagen que nos escandaliza pero que siempre estuvo allí desde hace, al menos, cuatro siglos.

El Ortega de la España invertebrada, que en su día pasó por el mismo sitio, describió el paraje sin ninguna concesión patriótica. Castilla, decía, había hecho España y la propia Castilla la había deshecho, mientras describía la emergencia de los particularismos como una consecuencia lógica de la actitud del poder central, que había sido el primero en mostrarse particularista. Dicho de otra manera, esos nacionalismos que ahora se llaman periféricos son fruto del propio nacionalismo español.

Leer al filósofo es muy instructivo porque formula y responde a la gran pregunta que nos venimos haciendo, no sólo en Cataluña sino en el conjunto del país, y que la clase política es incapaz de solventar. No es la de cuántas naciones hay en España, ese arma que la derecha vuelve a emplear en los debates de televisión para poner en aprietos a los socialistas. La pregunta pertinente que sigue sin respuesta es para qué vivimos juntos, qué tipo de proyecto nos aúna, qué se nos propone para conseguir nuestra colaboración más entusiasta. Lo que entonces contestaba Ortega y podríamos contestar ahora mismo de idéntica manera es que, desde hace siglos, el poder “pretende que los españoles existamos sólo para que él se dé el gusto de existir”. El caso de Cataluña y España sería, usando sus mismas palabras, el del hombre “condenado a vivir con una mujer a quien no ama y siente las caricias de esta como un irritante roce de cadenas”. ¿Para qué seguir juntos?

Cataluña no es una nación porque lo diga el PSC ni deja de serlo porque no esté reconocida como tal en nuestra sacrosanta Constitución. Lo es porque ya está inventada, porque ha creado sus símbolos y ha edificado una identidad en torno a su propia lengua que hace las veces de aglutinante. Gustará más o menos, será ilegal porque no se atiene al ordenamiento vigente, pero es una realidad inextinguible. A partir de ahí, pretender resolver la cuestión negando la evidencia sólo hará el abismo más insondable.

Las circunstancias actuales, usando el leguaje orteguiano, quizás sean una oportunidad para salir del laberinto si es que hay voluntad para ello. “Hay muchas escasas energías en España –advertía-. Si no las atamos unas con otras, no juntaremos lo bastante para mandar cantar a un ciego”. No se trata de recuperar la convivencia, ese mantra que se nos repite machaconamente, como si fuera un fin en sí mismo. No se convive para estar juntos sino para hacer algo juntos. Ese, y no la Constitución, fue el verdadero éxito de la Transición. El objetivo común de entonces era conquistar la democracia. Lograda esa empresa, el tren entró en vía muerta y ahí le vemos parado y con óxido en las entrañas.

El diálogo o la negociación entre Cataluña y España que se plantea como condición para facilitar la formación de Gobierno no es una cesión al independentismo. En realidad, es la única manera de asegurar la supervivencia del Estado porque, si aceptamos como inevitable la coexistencia de varias naciones, sólo un nuevo pacto constituyente, el establecimiento de una meta común por la que merezca la pena seguir juntos, hará posible esa convivencia. El reconocimiento de la plurinacionalidad no es una traición sino un ejercicio de lealtad. A ver si nos vamos enterando.