Opinion · Tierra de nadie

La pequeña loca del clima

Como lo de no reconocer la influencia humana en el cambio climático se ha demostrado prueba de una insolente ignorancia, sólo algún emperador del mundo como Trump o los bien pagados por la causa de las multinacionales del dióxido, tal que Aznar, se atreven a pasarse por la calle con el traje de negacionista, bastante más estrafalario que algunos modelitos de Agatha Ruiz de la Prada. De hecho, en un lapso de tiempo relativamente breve, hasta los primos de Rajoy se han hecho ecologistas y no paran de dar consejos sobre cómo afrontar la emergencia con -según dicen- dosis de justicia y sentido común. Es decir, sin medidas traumáticas que puedan incidir en la cuenta de resultados de los que realmente contaminan en cantidades industriales.

La prueba del nueve para distinguir a los conversos es su actitud ante la joven sueca Greta Thumberg, cuya influencia en la concienciación sobre la crisis climática está siendo decisiva, y a la que tratan de descalificar por veleidosa, mientras hurgan en su entorno familiar para intentar demostrar alguna conexión sospechosa o, directamente, la descalifican por su autismo. Los ataques contra la adolescente están siendo de una especial bajeza: se le ha deseado la muerte en sus viajes trasatlánticos en catamarán, se ha acusado a sus padres de abuso infantil y de hacerse ricos a su costa y se ha argumentado que sus “trastornos mentales” la incapacitan para cualquier tipo de liderazgo. Si lo que está haciendo Thumberg por el planeta es fruto del desvarío, bendita sea su locura.

En este contexto ha arrancado en Madrid la Cumbre del Clima con sus tradicionales objetivos de ampliar los recortes de los gases de efecto invernadero que se lanzan a la atmósfera y alcanzar el compromiso global de que en 2050 el mundo consiga la neutralidad de emisiones. Si a la incapacidad de los líderes mundiales para pasar de la palabrería a los hechos se une la irresponsabilidad trumpiana de desconectar a Estados Unidos del Acuerdo de París, es comprensible el escepticismo general, por muy nítida que sea la perspectiva de que caminamos hacia lo irreversible para contener el aumento de la temperatura de la Tierra y sus efectos devastadores.

Si Greta Thumberg ha sido puesta en la diana es porque ha logrado convertirse en un icono del cambio climático y ha demostrado que se puede mover el mundo con un punto de apoyo, aunque este parezca tan irrelevante como sentarse sola frente al edificio del Parlamento sueco con una pequeña pancarta. Es peligrosa porque representa una fuente de inspiración para millones de personas y porque su activismo es contagioso y tiene consecuencias directas en las acciones cotidianas de millones de personas.

Si en la OPEP se describe a esta niña de 16 años como la mayor amenaza para la industria de los combustibles fósiles es porque su aversión a tomar un avión por las emisiones de CO2 que genera no es solo el capricho de una pobre perturbada sino una actitud compartida que ya ha tenido reflejo en las cifras oficiales. Si la extrema derecha y los lobbies de la industria más contaminante se ensañan contra ella y la tildan de profetisa del Apocalipsis en pantalón corto es porque su mensaje ha calado en algunos grandes centros de decisión política, que nunca son ajenos a las corrientes que agitan la opinión pública.

Si Greta es percibida como un riesgo para este inmenso conglomerado de intereses es porque sus verdades de niña son irrefutables para los supuestos adultos, porque si el sistema no tiene soluciones para impedir el desastre climático, lo razonable es cambiar el sistema, porque la gente ya no quiere esperanzas sino hechos, porque si los encargados de impedir el desastre se encogen de hombros es el momento de apartarlos. “Quiero que actúes como si tu casa estuviera en llamas, porque eso es lo que está pasando”, urgía ante la Asamblea Anual del Foro Económico Mundial. En Madrid se reúnen ‘bomberos’ de todo el mundo. Veremos cuán largas son sus mangueras.