Tierra de nadie

El parque temático de los millonarios

Ser rico no está pagado. Hemingway ya advirtió del estigma que pesaba sobre los acaudalados y lo que les hacía diferentes del resto: tienen más dinero y, en determinados casos, los billetes les salen por las orejas. Y eso es una carga pesadísima porque obliga a luchar contra tópicos del estilo de la riqueza no da la felicidad o nadie se hace rico trabajando honradamente que, quieras que no, te reconcomen por dentro. Hay que tener una gran fortaleza y una enorme paz interior para soportar sin venirte abajo el estatus de millonario, y eso es algo que los muertos de hambre no somos capaces de apreciar en toda su dimensión.

Vistos así, que es como hay que verlos, los ricos deberían despertar compasión o, incluso, gozar de la condición de especie protegida, que es justamente lo que han instaurado en Madrid los distintos gobiernos del PP, el partido con más sensibilidad ante el drama de los forrados, ya sean sobrevenidos o de familia. Discretamente, que es como se hacen las cosas, la Comunidad es hoy un gran parque temático para los opulentos, que campan a sus anchas sin que nadie les moleste.

¿Cómo han logrado Esperanza Aguirre y sus sucesores amparar a este cogollo de castigados por el dinero? Pues bonificándoles al 100% el Impuesto sobre el Patrimonio, con lo que se ha conseguido, según datos de un informe del Ministerio de Hacienda que recoge lainformación.com, que 59 de las 83 mayores fortunas de España, aquellas con bienes superiores a los 100 millones de euros, hayan establecido su domicilio en la capital, donde tienen el aliciente de ahorrarse de media algo más de dos millones de euros al año gracias a la generosidad de los dirigentes populares. De Madrid al cielo y un agujerito fiscal para seguir viéndolo.

Madrid es su refugio, el mejor sitio del mundo para el relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor, o sea, Jauja. La prueba es que de las 22 personas que tuvieron la desgracia de sumarse en los últimos tiempos al grupo de los ultrarricos, 21 lo hicieron desde esta Comunidad, proporción que también se cumple a un nivel algo menor entre los ricos de menor postín. ¿Que qué supone esto para las arcas madrileñas? Pues dejar de ingresar algo más de 800 millones de euros al año, pero es que aquí lo importante no es el dinero sino el bienestar de estos compatriotas que, por fin, han encontrado un lugar que pueden llamar suyo en todos los sentidos, especialmente en el literal.

Como no podía ser de otra forma, porque la envidia es la enfermedad nacional, la llamada excepción madrileña o, si se prefiere, el Rich Park diseñado por el PP como su gran contribución al medio ambiente, tiene muy soliviantadas al resto de comunidades, que hablan de cosas muy feas como dumping fiscal, pozo negro y otras lindezas. En resumen, que les parece muy mal que las dos terceras partes de lo que debería recaudarse como imposición a la riqueza se quede en los bolsillos de los grandes patrimonios como manera de compensar todos sus padecimientos. Algunos territorios han tenido la buena idea de imitar a Madrid y otros han lanzado contra ellos a sus despiadadas jaurías de inspectores para detener esta fuga de los ricos hacia el centro peninsular, al menos fiscalmente.

Se alega desde las praderas de San Isidro que lo que se deja de recaudar por esta inmensa obra de caridad retorna a la economía por vías indirectas, pero es que no estamos hablando de ese vil metal que podría utilizarse para construir escuelas, guarderías, hospitales o bibliotecas, que de todo eso ya vamos sobrados. Aquí de lo que se trata es de tener o no humanidad y a los gobernantes de Madrid, procedentes muchos de ellos de la charca de ranas de doña Esperanza, no les cabe el corazón en el pecho.