Tierra de nadie

Cuñados de la patria

En ocasiones, del ecosistema de la política surgen ejemplares formidables que hacen que la vida sea ese tiempo perdido que transcurre entre sus disparates. No es una tarea sencilla porque exige superación constante y capacidad de sorpresa. Muchos tienen condiciones pero, ya sea porque no perseveran en su idiocracia o por la nefasta influencia de sus asesores de imagen, nunca dejan de ser eternas promesas. Así que cuando algunos demuestran que pueden mantener un nivel constante de necedades en períodos prolongados lo inteligente es considerarlos como piezas del patrimonio nacional y erigirles pedestales, quizás no como padres de la patria pero sí como cuñados distinguidos.

Una de estas figuras imprescindibles es la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, un cargo que, por otra parte, parece ser un imán para estos reyes del absurdo. La joven dirigente del PP ha logrado reconciliar a la ciudadanía con la política, que en sus manos deja de ser un terreno vedado a ciertos elegidos de la burocracia partidaria para convertirse en la demostración de que cualquiera puede aspirar a todo a condición de que su grado de cretinismo esté por encima de la media. "Dios no me hizo perfecta y por eso no soy de Vox", llegó a confesar en algún momento, en abierta demostración de que se puede ser genialmente disparatada y, además, modesta.

De Ayuso hemos escuchado cosas increíbles que nunca se creerían aquí ni en las mismísimas puertas de Tannhaüser. Ha hecho loas de los atascos madrileños como rasgos distintivo de la ciudad y, por tanto, merecedores de protección. Ha descubierto nuestra predilección por los empleos de mierda, esa que suele ocultarse cuando te dan a elegir entre ser alto ejecutivo de una multinacional o repartidor de pizzas. Ha propuesto formar familias numerosas con concebidos no nacidos por si no llegan nunca a nacer y te quedas sin ayudas. Ha desenmascarado a Podemos y a su estrategia de que tengamos más vacaciones para que dejemos la casa vacía y dársela a sus amigos okupas. Y a Vox, que quería mandar la fiesta del Orgullo a la Casa de Campo sin reparar en que allí hay niños inocentes. Ha profetizado quemas de iglesias tras la exhumación de Franco con la antelación suficiente para que viéramos arder Notre Dame sin necesidad de mover a la momia. Y ha desentrañado la naturaleza humana con sus reflexiones sobre la violencia de los hombres, que no es tal porque también agreden a otros hombres.

Cuando lamentábamos que 2019 cerrara el telón y con él terminara esa inspiración suya que es gloria bendita, la presidenta consumaba un triple mortal con tirabuzón para recibir el nuevo año a cuenta de la contaminación en Madrid, sobrestimada por todos e injustamente acusada de incontables fechorías cuando, en realidad, no ha matado a nadie. Nuevamente, lograba esta mujer poner el dedo en la llaga sin necesidad de hacerse la rubia como sus antecesoras. ¿A qué tanta alarma?, vino a preguntar a sus resacosos conciudadanos, habitantes de una ciudad en la que la longevidad está garantizada por ley.

Como viene siendo habitual, la incompresión fue el eco de su pronunciamiento. Que si el CSIC le enmendaba la plana, que si la polución es más letal que el tabaco, cuando, posiblemente, Ayuso demuestre que fumar es inocuo y además nos hace felices, que si las estadísticas de no se sabe bien qué instituto dicen lo contrario… Pamplinas que sólo desacreditan a quienes las esgrimen.

Los españoles jamás lograremos expiar el pecado mortal de la envidia que nos corroe por dentro. Tenemos suerte de contar en la Puerta del Sol con este faro de sabiduría y lamentaremos su ausencia cuando nos falte. Mucho habría de cambiar para que, al estilo de la revista Time, la prensa que ahora la fustiga no acabe por hacerle portadas como la cuñada de la década. No es que tenga madera; es que es el bosque de Sherwood. ¡Qué tía!