Tierra de nadie

Habemus presidente, pero solo eso

La elección de presidente de Gobierno se ha convertido en un trámite tan extraordinario que debería incorporar algún tipo de liturgia acorde con su rareza, algo parecido al annuntio vobis gaudium magnum que precede al Habemus Papam que tanta ilusión hace al gentío tras la fumata blanca del cónclave. Exigiría, eso sí, un estricto protocolo para que desde las filas de la derecha no se tomaran lo de la señal de humo como una licencia para prender fuego al Congreso cuando se piense que el elegido es un consumado felón que quiere trocear España y vender las piezas en pública subasta.

Tener presidente, como se ha dicho, puede resultar dificilísimo pero lo de gobernar amenaza con ser una acrobacia irrealizable entre redobles de tambor. Ahora que tanto se habla se líneas rojas, las traspasadas en los últimos tiempos por quienes decían ser los defensores de la patria y de su unidad han transformado la política en un folio garabateado por un niño con una encarnada pintura de cera. No se ha respetado nada ni se ha guardado esa mínima compostura que, por simple aplicación de las leyes de la evolución, debería bastar para distinguir claramente al político del primate. Es imposible imaginar que quienes han pedido encausar y encarcelar por alta traición al candidato más votado o, directamente, han urgido al Ejército a sacar los tanques a la calle se avengan ahora a actuar como leal oposición y colaboren en determinados aspectos de la gobernabilidad del país en los que su concurso es imprescindible. Que haya presidente no implica, por tanto, que cambie la pantalla de este videojuego bélico en el que estamos atrapados.

Descartada, por tanto, la transversalidad, es decir el acuerdo entre diferentes, el solo hecho de mantener los apoyos precarios con los que la investidura sale adelante se antoja de una complejidad extraordinaria. Tal y como explicaba hoy en La VanguardiaKepa Aulestia con notable lucidez, tantas serán las reclamaciones que el Ejecutivo deba afrontar para mantener su exigua minoría mayoritaria en cualquier tipo de ámbito, ya sea este presupuestario, legislativo o constitucional, que lo probable es que la coalición de izquierdas se vea forzada a dilatar en el tiempo sus promesas o a recurrir al abuso del decreto ley para intentar ejercer como Gobierno.

Si a las inevitables tensiones internas que se derivarán del ejercicio compartido del poder, se une la guerra de trincheras en la que la derecha basará su estrategia de oposición, las posibilidades de poner al país en marcha son las mismas que tiene Fernando Alonso de ganar el Dakar. No es que el nuevo Gobierno esté obligado al funambulismo y a caminar torpemente sobre un alambre; es que se aplaudirá con enfervorecido entusiasmo que los artistas den un traspiés y se partan la crisma, aunque lo que realmente se dañe sea el interés general.

 

Con semejantes condicionantes es difícil ser optimista. El ímpetu que la izquierda tendrá que aplicar para satisfacer las esperanzas que ha despertado en amplios sectores de la ciudadanía encontrará respuesta en una política de tierra quemada que, de manera muy militar, aplicarán sus adversarios para evitar que cualquier reforma, ya sea laboral, educativa o de pensiones, pueda ser usada en su beneficio y le resulte electoralmente rentable. De nada valga, posiblemente, explicar a los damnificados que los son por causa de un bloqueo insensato porque lo que se les repetirá machaconamente desde atriles y medios es que la izquierda cuando gobierna es, sencillamente, incapaz.

Más que inteligencia política, que será necesaria a raudales, se requeriría del concurso de esos milagros tan infrecuentes en el exterior de las catedrales, y es sabido que Dios no escucha a los rojos. Convendría, por tanto y de entrada, rebajar listones hasta situarlos a una altura realista, porque mantener el nivel de exigencia únicamente conducirá a la melancolía. El realismo se traduce en aritmética parlamentaria, que es donde está el límite entre lo posible, como es hacer camino al andar para desinflamar, por ejemplo, la tensión territorial, y lo que no puede ser de ninguna manera. Habemus presidente, pero solo eso.