Tierra de nadie

Respondiendo a Pablo Casado

Bajo la consigna de que no haya paz para los malvados, es decir para los partícipes en el Gobierno ilegitimo, felón y destrozapatrias que está a punto de conformarse, no existe flanco al que se renuncie para asaetearles. Ayer mismo Pablo Casado lanzaba una nueva andanada ad hominem, rápidamente amplificada por su coro de grillos y palmeros: a la derecha no se le hubiera tolerado que las mujeres de sus líderes entraran en el Gobierno como parece que harán Pablo Iglesias e Irene Montero, algo que además se tiene proscrito en las grandes empresas del país.

Queda para otros profundizar en el aroma machista del reproche, una fragancia que ya esparció en su día el perfumero Rafael Hernando, y exponer las capacidades políticas de Irene Montero más allá de su relación personal. A lo que se contestará aquí es al argumento de que existe una asimetría mediática, social y moral entre la derecha y la izquierda y a las preguntas que formulaba el presidente del PP: ¿Por qué no se exige a la izquierda y a la derecha lo mismo en este país? ¿Por qué se nos mira con una diferente tabla o rasero de medir?

Hay que darle en parte la razón a Casado. A la izquierda no se le exige lo mismo que a la derecha, sino bastante más. La corrupción ha tumbado a Gobiernos de izquierda pero tuvo que ser una moción de censura y no las urnas directamente la que hiciera caer a otro de derechas. Los recortes se llevaron por delante al PSOE de Zapatero mientras fueron asumidos como inevitables cuando los impuso Rajoy pese a sus promesas en sentido contrario. ¿Se hubiera tolerado que Aznar metiera a su esposa en el Consejo de Ministros? Eso y mucho más, como se verá a continuación.

La de Ana Botella es una historia abracadabrante. Al parecer, la señora del estadista más grande que vieron los tiempos fue invadida por las preocupaciones sociales un par de años antes de que su santo esposo llegara al poder. Vivía el matrimonio en la Moraleja, una lujosa urbanización en los alrededores de Madrid, y por alguna extraña razón fue a parar a Orcasitas, uno de los barrios más deprimidos de la ciudad. A su regreso al chalet cuyo alquiler religiosamente pagaba su partido, pronunció una frase para la historia: "Jose, no te lo vas a creer, pero hay otro mundo a quince minutos de aquí".

Ya en Moncloa la pareja se propuso satisfacer esa inquietud social que a ella la devoraba cuando volvía de las rebajas de la calle de Serrano y se dispuso un equipo de asesores, que pagamos entre todos, para que prepararan sus intervenciones y discursos. Paralelamente, se extendió la idea de que Botella llevaba la política en la sangre y que de no ser por su marido hubiera hecho carrera por sí misma en el PP. La cosa no acabó ahí sino que se intentó, en ocasiones con éxito, que la mujer del presidente del Gobierno usurpara el papel de primera dama, para monumental cabreo de la Familia Real.

Sin ejercer cargo alguno, su poder era incuestionable. A su ultracatolicismo cabe atribuir que en su día se paralizara la investigación con células madre, que se cortaran de raíz las aspiraciones sucesorias de Rodrigo Rato, pero no por golfo apandador sino por su desviada conducta matrimonial, o que Aznar le pusiera la cruz a Juan Villalonga, su hombre en Telefónica, porque lo que le había hecho a Concha Tallada, gran amiga de Doña Ana, era imperdonable.

El siguiente paso, lógicamente, fue conseguir para esta lideresa en potencia un cargo público acorde a su valía que sirviera además para satisfacer a su santo. Se la incluyó así en la lista del PP al Ayuntamiento de Madrid y, tras las elecciones de 2003, fue designada concejal de Servicios Sociales. Es más, para que no añorara sus paseos por la milla de oro se trasladó la consejería que debía atender a los más desfavorecidos al elitista barrio de Salamanca tras una reforma multimillonaria del edificio que ahora ocupa el Tribunal de Cuentas.

La intención del matrimonio fue siempre la misma, que Ana Botella se convirtiera en alcaldesa de Madrid, aspiración para la que se contaba con la complicidad del faraón Gallardón, cuyas metas eran más elevadas. Hubo que esperar algunos años antes de que se dieran las circunstancias precisas para que, por la puerta de atrás y tras ser nombrado Gallardón ministro, la señora empuñara el bastón de mando de la ciudad más importante del país y el empleado de multinacionales que ya entonces era Aznar se convirtiera en alcalde consorte.

Como apreciará Casado, a la derecha se le han tolerado cosas tan increíbles como que una señora ultracatólica, bastante homófoba y de una gran indigencia intelectual, incapaz de distinguir entre los servicios sociales y la sopa de la Beneficencia y para quien la mendicidad era un contratiempo a la hora de limpiar las calles, gobernara la capital de España. Sí, en efecto, existen dos varas de medir.